Crítica: El año de la grava

Título: El año de la grava

Autor: J. Santatecla

Editorial: Valparaíso

Conocí a Jota en la caseta de Valparaíso de la Feria del Libro de Madrid, en septiembre. Un tío simpático, cercano, agradable en el trato, sonriente (aun con mascarilla) y, entre todo eso, poeta.

Y no solo “el poeta del metro” (si buscáis su historia, es bastante interesante), sino un poeta hecho con trabajo, con escucha, con respeto y con la certeza de que abrazarse a modas no lleva más que a callejones sin salida y que la poesía es otra cosa, que no sigue lo fácil, lo que vende, lo que rompe con toda la tradición… Y se nota en este libro. Se nota mucho que Jota ha leído, que ha escuchado, que ha consultado, que se lo ha tomado en serio y ha escrito poesía de verdad.

Sinceramente, se agradece que haya personas que, pudiendo tirar por lo fácil, se preocupen por cuidar la poesía, por aportar su pulso, mostrar sus miedos, dejarnos entrar por su herida a través de unos versos bien creados, a través de unas imágenes propias de las que los lectores podemos apropiarnos. No sé para vosotros, pero, para mí, eso es la poesíaidentificarnos en la imagen que el poeta nos muestra.

Este “El año de la grava” es un libro que me ha gustado mucho, y lo ha hecho por varios motivos. 

Además de lo que ya he dicho, me ha gustado mucho la originalidad en la estructura, esa conexión entre los dos mundos de Jota (el audiovisual y el poético), dejándonos muestras de ambas disciplinas en un poemario lleno de imágenes tan potentes que, sí, nos hace estar en una sala de cine, con los altavoces llenando el aire de metáforas e imágenes de una fuerza arrolladora.

Y, como no hay mejor muestra que los propios versos de Jota, aquí os dejo algunos:

Del poema 3-1-1:

El techo de los años se proyecta

en el contorno verde de los ojos.

Del poema 2-3-5:

Y vuelven las arrugas al retrato.

Memoria: suciedad en los cristales.

Del poema 1-4-3:

Cada noche regresa ese secreto

que parpadea en las fotografías.

Olvido. Memoria. Tiempo. Heridas. Pérdidas. Temas universales bajo el tamiz de Jota, que nos regala una poesía tan cercana como él, tan luminosa, tan sonriente detrás de cualquier barrera.

Seguiré leyendo a Jota. Seguiré pendiente de su evolución, porque sé que va a seguir evolucionando, creciendo, y que estará, por méritos propios, en el panorama poético actual. Y yo, sinceramente, me alegro de que sea así.

Lo que más me ha gustado: descubrir la poesía de Jota, por supuesto, y ver que bebe de la tradición, algo que se ve en algunas citas (ya sabéis que me encantan las citas en los poemarios) de poetas como Gamoneda, Brines o Blas de Otero.

Lo que menos me ha gustado: quizá, sin que esto quiera decir que sea mala, esa última parte de los embriones. No he podido conectar tanto como con el resto de poemas.

“La distancia se oxida con la sed,

subdivide los mapas, desorienta la flecha”.

 Fragmento de “2-1-1”, J. Santatecla, “El año de la grava”

Crítica: La curación del mundo

Título: La curación del mundo

Autor: Fernando Beltrán

Editorial: Hiperión

Conocí a Fernando Beltrán la tarde del 1 de diciembre, en la Tercera sesión del Ciclo “Poetas de Adonáis”en la Tertulia Montesinos, a la que fui para ver y a apoyar a mi querida Marina Casado, pues intervenía junto al propio BeltránRafael Soler y Miguel Galanes.

Qué lujo y qué rato más agradable.

Sin que tenga que ver con la reseña (o sí), necesito decir que yo llegué hundido. Que mi relación de más de seis años se había terminado solo dos días antes y que estuve a punto de quedarme en casa, pero no lo hice. Esa tarde lloviznaba en Madrid, así que caminé desde casa hasta el lugar donde tendría lugar el encuentro y me dejé abrazar por la poesía. Como siempre que hay buena poesía por medio, el abrazo fue infinito y absolutamente reconfortante.

Rafael Soler ya lo conocía, aunque no lo había escuchado recitar, y esa voz que tiene te atrapa desde el primer verso.

Con Beltrán y Galanes era mi primer encuentro y, si bien el segundo no terminó de gustarme, me enamoré por completo de Fernando. Por la historia que contó. Por cómo la contó. Por los poemas que recitó y por cómo lo hizo. Qué maravilla de poesía, qué voz, qué manera más magnética de recitar. Leyó un poema que, según contó, escribió en el confinamiento después de haber tenido un encuentro algo místico con una peregrina francesa y que mantuvo a la sala en absoluto silencio. Un poema largo (que no suelen ser mis preferidos), con unas repeticiones que se te iban clavando en el cerebro, con un ritmo perfecto, un sonidoperfecto, unas imágenes perfectas. Supe que tenía que encontrar ese poema para leerlo y releerlo y, al fin, lo encontré en este magnífico poemario que es “La curación del mundo”, abriéndolo, como una mariposa rompiendo la crisálida. 

A día de hoy puedo decir, por una parte, que ese “La jerarquía del ángel” es uno de mis poemas favoritos y que Fernando Beltrán se ha convertido en un poeta al que tendré muy, muy en cuenta.

Con una poesía muy personal, distinta sin tratar de quebrar la tradición, con repeticiones brillantemente traídas (me encantan las buenas repeticiones en poesía), con historia –la suya, la del poeta y un momento vital complicado– que se siente como propia… Una maravilla, de verdad. Un poemario que recomendaré y regalaré, porque lo merece.

Lo que más me ha gustado: ese poema inicial que voy a leer una y otra vez, sin dudarlo. Me parece un poema espectacular. También, encontrar poemas bastante largos que, lejos de aburrirme, me han tenido pegado a cada verso.

Lo que menos me ha gustado: sin que sea algo malo, porque creo que es muy acertado, me ha gustado tanto que se me ha hecho algo corto.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“A la naturaleza le da igual que mueras o no mueras”.

Inicio de “La jerarquía del ángel”, de Fernando Beltrán en “La curación del mundo”.

Crítica: Arden las pérdidas

Título: Arden las pérdidas

Autor: Antonio Gamoneda

Editorial: Tusquets

Antonio Gamoneda lo conocí en persona escuchándolo recitar en un encuentro entre la poesía rumana y la poesía española celebrado durante la Feria del Libro 2021 en la Casa de Vacas de El Retiro. Resultado: me enamoré de él. No solo por lo que recitó y por cómo lo recitó, sino por lo que contó y cómo lo contó, por cómo es él, un poeta inmenso en el cuerpo de un hombre humilde y sencillo.

Supe, desde ese momento, que tenía que leerlo más allá de algunos poemas buscados en internet, y me he iniciado con este “Arden las pérdidas”, editado con la elegancia típica de Tusquets.

No sé si es el mejor libro de Gamoneda para empezar a leerlo ni si es su mejor libro, pero, con autores como él, creo que poco importa. Lo tenía que leer. Lo quería leer. Y eso he hecho. En mi primera visita a la preciosa “La cafebrería”, me hice con este poemario y con “El libro del frío”, también del poeta ovetense, un botín más que satisfactorio de mi paso por ese oasis literario.

Es un libro peculiar, o eso creo, con poemas breves (a veces, muy breves) y la aclaración del propio autor en una nota final de que son, en ocasiones, fragmentos de otros poemas suyos, recortes con o sin algunas variantes, diálogos con otros poetas. Original, desde luego, es. Y, si no me equivoco (tendré que verlo según lea más al poeta), una buena forma de acercarse a la poesía de Gamoneda.

Ya desde el título podemos ver de qué trata este poemario: de aquello que ya no se tiene pero que aún se recuerda. De lo que se ha perdido, pero se mantiene de alguna forma. De la vida que pasa y nos pasa, en definitiva. Un tema tan recurrente en poesía como necesario, pasado por el sencillo y magnífico tamiz de un poeta esencial en la literatura en castellano, uno de los grandes.

Con un lenguaje sin pretensiones, con cercanía, con oficio y con una voz potente, precisamente, por la complicada sencillez con la que escriben los buenos poetas, los versos de Gamoneda se quedan enganchados en las pupilas, en los dedos, en los labios. Y se releen, porque piden ser releídos. Y se piensan, porque también eso reclaman.

Y, sí, se quiere más a Gamoneda, se le reconoce más, se le sitúa donde merece: entre los poetas que perdurarán en el tiempo, con esa llama encendida que arde, incluso, en lo que se pierde.

Lo que más me ha gustado: además de leer por fin en serio a Gamoneda, la última parte, con poemas en prosa más extensos, me ha gustado muchísimo.

Lo que menos me ha gustado: puede que algunos poemas demasiado breves que habría agradecido algo más extensos, aunque, entonces (claro), serían otra cosa distinta.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Es la agonía y la serenidad.

Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya

la única sabiduría es el olvido”.

Antonio Gamoneda”, en “Arden las pérdidas”.

Sobre ‘Hogares impropios’

Quienes me sigáis por redes, leáis mi blog o me hayáis escuchado hablar sobre literatura y poesía en alguna charla, entrevista, recital o en las entrevistas que hago en Radio off the record (que retomamos ya en breve), sabréis cuál es mi opinión sobre el mercado editorial actual y, de forma más específica, sobre la poesía actual.

Siempre he sido lector de poesía y siempre he escrito poesía, desde muy pequeño, porque pronto supe que era algo que me llamaba, algo que estaba en mí y que, algún día, aprendería y haría con cierta soltura.

Recuerdo leer, de niño, a Miguel Hernández, a Machado, a Lorca, a Gloria Fuertes… Y escuchar cómo mis padres me leían algunos poemas. Del mismo modo, recuerdo escribirle un poema a mi madre con rimas propias de mi edad como uno de los primeros textos escritos por mí de los que tengo recuerdo (en cuanto pueda, subiré el poema a las redes, para que veáis mis orígenes, jeje). Como he dicho en algunas ocasiones, ya desde bien pequeño, poesía, poesía y poesía.

Con el tiempo seguí escribiendo algunos versos, sobre todo impulsado por el concurso de mi instituto, el Felipe II de Moratalaz, con un equipo de profesores y profesoras de lengua maravilloso y de quienes guardo muy buen recuerdo (Isabel, Carmen, Pilar, Trini, Alicia…), siguiendo en contacto aún con alguna de ellas, que siguen mi carrera como escritor. Si no recuerdo mal, aunque sí recibí algún premio con mis poemas, nunca gané el concurso salvo en una ocasión, aunque fue con un relato. Lo que sí sé es que ese aliciente me hizo seguir buscando esa voz que seguía diciéndome que escribiera poesía.

Después, aunque siempre he ido escribiendo algunos textos, la poesía quedó algo apartada mientras me sacaba las dos carreras, trabajaba, pasaba un año en Florencia, dos en Londres y, sobre todo, mientras empezaba a publicar mis libros de cuentos y la novela de fantasía juvenil. Un periodo largo en el que escribí muy, muy poca poesía y en el que tampoco leí demasiada.

El siguiente momento importante para mi yo poético fue, sin duda, el confinamiento. Aquella locura que nos tocó vivir y ante la cual cada uno tuvo que buscar la forma de no perder la cabeza supuso, para quienes realizamos alguna labor creativa y tuvimos la fuerza suficiente, un empujón al vacío. Entre otros entretenimientos, me lancé a publicar un poema al día por Instagram, y lo mantuve durante muchos, muchos días. Hoy, los leo y, sinceramente, tan solo salvaría algunos versos y algunas imágenes, aunque tendría que meter tijera y sutura en todos ellos. Eso sí, como ejercicio de escritura poética fue brutal, porque me obligué a explorar(me), a observar(me) y a crear(me) a través de la poesía. Como aprendizaje fue un paso fundamental.

En esta época escribí un poemario adulto (el primero que he cerrado estando conforme, aunque es algo peculiar) que sigue en un cajón y del que ya os hablaré cuando le llegue el momento y, también, algunos poemarios infantiles que, por el momento, no encuentran su lugar.

En los últimos años había leído más poesía de lo habitual, pero fue aquí cuando me hice un lector voraz de versos. Tengo que destacar, una vez más, el papel fundamental de mi maestro, Manuel Francisco Reina, que, por suerte para mí, fue despiadado con mi poesía, me guio sin dirigirme, me iluminó sin cegarme con su luz; y, además, viendo cómo iba siendo esa voz poética mía que ya empezaba a vislumbrarse, me recomendó infinidad de poetas y poemarios que podrían ser, como lo ha sido siempre él, un aprendizaje. Leí a Francisca Aguirre, a Ángela Figuera Aymerich, a Elsa López, a Guadalupe Grande, a Alberti, a Blas de Otero, a Antonio Hernández, a Gamoneda, a Rilke, a Gioconda Belli, a Raquel Lanseros… A un montón de poetas que, sí, fueron maestros desde el papel y la tinta.

También, cómo no, quise profundizar en la filosofía y, según el tema del que tuviera pensado escribir, leí a Ortega y Gasset, a Cicerón, a María Zambrano, a Hannah Arendt… Qué necesaria es la filosofía. Cuánto se aprende de ella.

Con todo esto que cuento, mi voz poética se hizo una realidad. Por fin, con treinta y cinco años, me encontré. Y, por suerte, con esa misma edad, me encontraron.

En este 2021 tan horrible para mí en todo menos en lo literario, por fin, pude decir (no sin cierto pudor aún) que soy poeta.

En otro momento duro en mi vida, una baja por diversas enfermedades, me agarré a la poesía como mi mayor aliada, y, en esos meses nació “Escrito bajo las uñas”, el poemario con el que, como sabéis, gané el XV Premio Internacional de Poesía Antonio Galami primer reconocimiento como poeta. En este mismo año, la editorial Cuadernos del Laberinto me incluyó en esa preciosa antología de poesía breve que es “Laberinto breve de la imaginación”, rodeado de poetas a quienes leo y admiro.

En estos complicados años (y, ya, por fin, os hablo de “Hogares impropios”), mientras leía a poetas que me cortaban la respiración, vi que hay una corriente que ha tomado mucha (demasiada) fuerza en la poesía actual. Es un hecho (y hay que reconocerlo) que se está escribiendo algo que pretende ser poesía sin parecérsele apenasInfluencers, youtubers, cantantes, actores, actrices, famosos y famosas se han lanzado, con el beneplácito y el símbolo del euro en los ojos de determinadas editoriales, a escribir eso que yo llamo pseudopoesía, esas frases de azucarillo, esos textos misterwonderfulizados y creados a golpe de tabulador sin calidad, sin estudio, sin respeto y con muy poca calidad. Podría escribir muchos ejemplos y dar muchos nombres, pero os dejo esa tarea como entretenimiento. Al ver, horrorizado, esta tendencia me lancé a escribir algunos poemitas más como desahogo que como otra cosa, criticando esta situación. Al principio, los reuní bajo el título “La fe del converso”, aunque tampoco les hice demasiado caso. Los escribí, me desahogué, los olvidé.

Poco después vi que la Universidad Carlos III sacaba un premio de poesía en el que solo pedían 300 versos, así que revisé lo que tenía en cajones, encontré estos poemas, los retoqué algo y di forma a un poemario, ya bajo el título de “Hogares impropios”, que aparece en uno de los poemas. No lo gané. Eso sí, supe que tenía que mejorarlo y seguir intentando hacer algo con este poemario.

El siguiente paso fue ver que había otro premio donde podría encajar y que me valía por fechas, el Premio Provincia de Guadalajara de Poesía José Antonio Ochaíta. Eso sí, pedían un poemario de 500 a 1000 versos, casi el doble de lo que yo tenía, como mínimo. Me puse manos a la obra.

Retoqué lo que tenía. Eliminé algunos poemas. Leí (leí mucho). Escribí poemas nuevos. Leí (leí mucho más). Me exploré, me observé, creé… Y, en algo menos de 700 versos, “Hogares impropios” se cerró. Lo presenté al premio… y lo gané.

Y fui feliz. Muy feliz. Por el premio, por supuesto, por el reconocimiento que supone, porque es un nuevo empujón que me invita a seguir escribiendo poesía y, también, porque valida esta crítica que llevo tanto tiempo haciendo sobre esa corriente de poesía que no es poesía, de poetas que no son poetas, de esta evidente puesta en valor de la calidad (de seguidores y, por lo tanto, de ventas) ante la calidad, que importa cada vez menos y que nos ha llevado a un punto en el que ya ni se esconde.

El poemario, con un poema introductorio, se divide entres partes. “La voz poética”, que pretende ser un homenaje a la poesía de verdad, a los poetas de verdad; “La palabra que se recuerda”, que es una crítica a esa pseudopoesía actual; y “Ciegos para siempre”, que habla de las consecuencias de desabrazar a la poesía de verdad por abrazar esa nueva forma de escribir que ni siquiera considero poesía.

El premio lo recojo el 14 de enero en Guadalajara. Estoy viendo cuál es la mejor forma de que se publique, ya que las bases dan la opción a hacerlo con una editorial tradicional, en acuerdo con la Diputación. Saldrá, seguro. Lo compartiremos. Me muero de ganas.

Premio José Antonio Ochaíta de Poesía 2021

Aunque ya lo he compartido por Instagram, Twitter y Facebook, me quedaba contar por aquí que, sí, acabo de ganar el Premio José Antonio Ochaíta de Poesía 2021, el galardón poético incluido en los Premios Provincia de Guadalajara.

En un año muy (muy) complicado en cuanto a la salud y a diversos temas laborales y personales y que termino de la peor forma posible para empezar 2022 (casi seguro) en un quirófano (vesícula), no miento si digo que, una vez más, me ha salvado la poesía.

Porque fue a la poesía a lo que me agarré en el confinamiento, escribiendo poemas y compartiéndolos por redes, obligándome a escribir y a leer, lo que siempre ayuda para aprender más y mejor.

Porque fue a la poesía a lo que me agarré en mi baja médica de casi seis meses, dando forma al poemario «Escrito bajo las uñas», con el que gané el XV Premio Internacional de Poesía Antonio Gala este mismo año.

Porque, en este año, he leído mucha, mucha, mucha poesía y he ido a bastantes eventos poéticos, conociendo y escuchando a poetas de la talla de Antonio Gamoneda, Manuel Francisco Reina, Gioconda Belli, Raquel Lanseros, Marina Casado, Javier Lostalé, Antonio Hernández, Fernando Beltrán, Rafael Soler, Eduardo Herrera Baulloso y un largo, muy largo etcétera.

Porque me han invitado a leer poemas míos en algún recital, y compartirlos es una sensación maravillosa.

Porque he pasado a formar parte del grupo poético Los Bardos, junto a Marina Casado, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz, Alicia Louzao, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Olira Blesa, y ha sido una noticia que me ha alegrado mucho.

Porque lo remato con este nuevo premio que ha llegado de forma inesperada y en un momento personal muy triste, por lo que he tenido que agarrarme a él para encontrar algo de alegría.

«Hogares impropios», un poemario del que hablaré en otra entrada que publicaré pronto y que ha supuesto un nuevo reconocimiento, un nuevo «sí» ante las dudas de si lo que escribo puede ocupar un lugar chiquitito en el universo poético, una razón más para seguir escribiendo aquello que más disfruto y que más me llena: POESÍA.

Como siempre, gracias eternas a los que estáis, a los que me apoyáis, a los que me leéis y a los que me ayudáis a seguir, poquito a poco, creciendo como escritor.

Crítica: Cielo

Título: Cielo

Título: Cielo

Autor: Javier Lostalé

Editorial: Fundación José Manuel Lara

Solo con ver a Javier Lostalé se intuye el tipo de persona que es. Al escucharlo, se puede ir aún más profundo, arrancar algunas capas más. Al leerlo, todo coincide y lo que al principio fue una intuición se vuelve una realidad.

Quizá sea solo mi impresión, pero Javier Lostalé, con el que he coincidido en algunos recitales y eventos poéticos, es un hombre sencillo, humilde, tranquilo, amigo de sus amigos, generoso… En definitiva, un hombre entrañable.

Con esa voz de radio, esa pausa en sus movimientos y, ahora que por fin lo he leído, esa sencillez en su poesía, puedo afirmar que Lostalé es uno de los poetas españoles más vivos que me suscitan un mayor interés. Este “Cielo” suyo así me lo ha demostrado.

Él mismo me dijo que se alegraba mucho de que hubiera leído este poemario, porque así me alejo de esos que lo identifican siempre con su libro más significativo, “Jimmy, Jimmy”. Aquel no lo he leído aún, pero este “Cielo” me ha gustado mucho, muchísimo.

La poesía de Lostalé es tal cual es él mismo (así lo he sentido yo, al menos). Una poesía real sobre la realidad del autor; sin aspavientos ni pretensiones que la alejen del lector, aunque no por ello simple; sencilla, como he dicho, pero desde esa sencillez tan complicada de lograr en este género; muy bien construida; una poesía profunda que invita a pensar y a pensarse, algo, al fin y al cabo, que debería ocurrir siempre que se lee este maravilloso género.

Prueba de estas palabras son algunos de los versos que comparto a continuación:

Del poema “Regresas”:

La luz que envuelve hoy tu casa,

mientras a ella regresas,

es la misma que un día te borró

en la dicha pasajera de saberte amado”.

Del poema “Náufrago”:

Entregado a los relámpagos de una piel,

ignoraste el latido permanente

de lo que en amor fue separado

tras la plena inundación.

Del poema “Crisálida”:

Crisálida es tu vida,

fuego sin advenimiento,

fecundación sin memoria.

Tan pura es tu quietud

que en eternidad te concibes.

No me digáis que no es una sencillez preciosa, que duele pero sana al mismo tiempo, que nos hace, sin casi darnos cuenta, empatizar con el dolor del poeta.

Al menos a mí me ha cautivado.

Lo que más me ha gustado: haberlo leído por fin, además de tenerlo dedicado y con un “Celebro también tu libro ganador del Antonio Gala que leeré” que me llena de orgullo.

Lo que menos me ha gustado: que he tenido que recorrerme mil librerías hasta que he encontrado un libro suyo. Será que no es influencer, que no ha salido en un talent show o que no tiene la fama suficiente…

“De nada te arrepientas:

tu existencia brilla ya

en su cielo completo,

allí donde la vida y la muerte

son la misma tiniebla blanca”.

Fragmento de “Cielo completo”, en “Cielo”,Javier Lostalé

Pido la paz y la palabra

Título: Pido la paz y la palabra

Autor: Blas de Otero

Editorial: Lumen

No creo que sea necesario hacer una reseña de este libro.

No lo creo, sencillamente, porque es uno de los libros de poesía más importantes que se han escrito jamás en castellano.

Porque no me atrevo a opinar sobre la poesía de un poeta de la talla de Blas de Otero.

Porque hay comentarios que no son necesarios.

Un poemario fundamental, por la época (1975), por el tema (poesía social y denuncia de lo vivido en España) y porque esa denuncia, por desgracia, podría hacerse, también, en nuestros días.

Solo os invito a leer este “Pido la paz y la palabra”, esencial en nuestra poesía, la española, para ser más conscientes aún de los y las poetas tan inmensos que hemos tenido y tenemos sin salir de nuestras fronteras.

Solo os invito a pedir, como lo hizo Blas de Otero, la paz y la palabra, aparcando este discurso del odio tan antiguo como innecesario y peligroso. 

Ante el odio y la violencia, paz. Ante los gritos y los escupitajos, palabra.

Ante el horror, poesía.

“Otros vendrán. Verán lo que no vimos.

Yo ya ni sé, con sombra hasta los codos,

por qué nacemos, para qué vivimos”.

Fragmento de “Yo soy aquel que ayer no más decía”, en “Pido la paz y la palabra”, Blas de Otero

Entrevista en El Generacional

No puedo dejar de insistir en la de momentos bonitos que siempre me ha traído la poesía.

Esta entrevista, en la que hablo como siempre lo he hecho sobre este género que tanto me fascina, además de hablar sobre el proceso de escritura, mi trayecto como escritor, la educación o mis otros libros, es uno más de esos momentos que tanto disfruto.

Gracias a William Alexander González Guevara por contactarme y recibir con tanto cariño mis palabras y gracias, también, a El Generacional, por acoger a la cultura entre sus páginas.

Os dejo con el enlace para que podáis leerla:

Crítica: A mar abierto

Título: A mar abierto (poesía 1973-2003)

Autor: Elsa López

Editorial: Hiperión

Cuando me dejo aconsejar por personas que saben infinitamente más que yo de poesía, rara es la vez que no aprendo algo nuevo.

Hace ya tiempo que tenía en casa estos treinta años de la poesía de Elsa López y, por fin, me puse a leerla.

Fue complicado encontrarla. Será que no tiene miles de seguidores en Instagram o que no ha salido lo suficiente en la tele, pero me costó recorrerme varias librerías hasta dar con una que había tenido a bien darle cobijo a esta poeta tan maravillosa.

Nacida en Guinea Ecuatoria, vivió en La Palma, Madrid y Córdoba, ciudades en las que, entre otras tareas, preside la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, funda Ediciones La Palma (que publica, principalmente, poesía) o dirige la Fundación Antonio Gala.

En cuanto a su poesía, sin ser yo crítico, me arriesgaré a decir que recorre la senda de la naturaleza, de los mares, del amor, de lo erótico, de la maternidad, del desamor… Y lo hace con sencillez, con un vocabulario que no se enreda en complicaciones, lo que nos regala una poesía fácil de leer.

A lo largo de distintos poemarios, Elsa López se ha convertido para mí en una muy buena maestra del alejandrino. Y no solo eso, también me ha cautivado con esos versos tan suyos de veintiuna sílabas, agrupadas en tres golpes de siete sílabas cada una.

Pobres esos que dicen que escriben poesía, pero que nunca la leen…

En este libro constas los poemarios:

A esta obra poética sumará, también otros tantos poemarios, además de varias novelas, libros sobre antropología y guiones. Lo que se dice una mujer prolífica.

Elsa es una más de tantas poetas españolas poco consideradas para lo importantes que son. La sumo a ese elenco de Ángela Figuera AymerichPaca Aguirre o Gloria Fuertes, con la única diferencia de que, por suerte, Elsa López sigue viva. Muy, muy, muy buena poeta (aunque esto no lo haya descubierto yo…).

Lo que más me ha gustado: como he dicho antes, poder leer alejandrinos tan bien construidos y tan potentes. Ya me he lanzado a escribir algunos poemas usando este verso, como en el último que publiqué en Instagram.

Lo que menos me ha gustado: evidentemente, hay algunos poemarios que, por temática o tipo de poesía, me han gustado menos, como es el caso de “La casa cabrera”, pero no es eso lo que menos me ha gustado. Ese “honor” se lo dejo a la inmensa cantidad de erratas que contiene el libro. Tratándose de Hiperión y de una antología, la verdad es que esperaba un libro mucho más pulido. Una pena…

¿Conocéis a la autora? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Tengo medido el mar

y averiguado el modo de envejecer la tarde”.

Elsa López

Crítica: Nueva York después de muerto

Título: Nueva York después de muerto

Autor: Antonio Hernández

Editorial: Calambur

He querido leer a los poetas que han valorado y premiado mi libro, y he empezado por recuperar este “Nueva York después de muerto”, de Antonio Hernández, de quien había leído algunos versos.

Lo primero que tengo que decir es que no sé qué es esto, pero no es un libro. No sé qué hay escrito en sus páginas, pero no es poesía. Tengo algún conocimiento sobre la obra de Antonio Hernández, pero sé que no es poeta.

“Nueva York después de muerto” es otra cosa. Lo escrito en él son otra cosa. Antonio Hernández es otra cosa.

Este monumento poético, este homenaje a la poesía y a los poetas, este terremoto en verso no puede definirse solo como un poemario, como un libro de poesía, del mismo modo que a Antonio Hernández no se le puede considerar solo un poeta.

He leído mucha poesía y he buscado, casi siempre, consejo en quienes más saben de poesía para leer a determinados y determinadas poetas. Me he enamorado de Paca Aguirre, de Ángela Figuera Aymerich, de Miguel Hernández, de Lorca, de Gioconda Belli, de Raquel Lanseros, de Manuel Francisco Reina… He intentado, casi siempre, leer a poetas de quienes pudiera aprender, con los que pudiera crecer, además, por supuesto, de tratar de leer a poetas con quienes me emocionara, con quienes me sacudiera, con quienes dejaran poso.

No sé por qué he esperado tanto para leer a Antonio Hernández, quizás era este el momento preciso. La respuesta es “sí”. También me he enamorado de Antonio. 

Este libro es, además de un libro de poesía, un libro de historia, una novela, una obra de teatro, un ensayo, un artículo periodístico y, seguramente, mucho más. No soy experto en el término de “poesía total”, pero, aun sin serlo, está claro que este libro engloba ese concepto de principio a fin.

Ya la razón de su existencia, esa promesa de Antonio a su maestro, Luis Rosales, de que él escribiría el libro que su próxima muerte no le permitiría escribir a él, es poesía en sí misma. Qué reto, ¿no os parece? Prometerle a tu maestro (ni más ni menos que a Rosales) que tú vas a escribir el libro con el que él quiso cerrar el círculo de su obra. Qué reto, sí, y qué promesa tan generosa y tan bella.

No sabremos cómo habría sido este “Nueva York después de muerto” escrito por Rosales, pero sí tenemos la certeza de que, escrito por Hernández, es una auténtica obra de arte y una, permitidme decirlo, absoluta barbaridad. 

Por algún motivo este libro es “Premio de la Crítica de Poesía Castellana”, en 2013, y “Premio Nacional de Poesía”, en 2014.

El título ya es clara evidencia del germen del libro. Sumar que la idea fue de Rosales confirma la sospecha, si es que la hubiera. Federico García LorcaNueva YorkLuis Rosales. Y, como hilo unificador de tres puntas, Antonio Hernández.

En pocos textos podrá saber más sobre Lorca, Rosales, Nueva York y el propio Hernández (que dan forma a un todo exquisito) que en este poemario no de discípulo, sino de maestro. De poeta con todas las letras. De poeta a quien no le falta nada. Esta aleación de géneros, de ciudades y de poetas es un libro que tendría que leer todo aquel que quiera acercarse a la poesía desde su verdadero significado y su verdadera complejidad. Se me ocurren pocos ejemplos más claros de lo que es la poesía que esta obra, magnífica, de Antonio Hernández.

Puntos fuertes:

Lo que más me ha gustado: después de dejar clara mi opinión sobre lo literario, voy a destacar que me hace muy feliz saber que este libro, tan brillante como arriesgado, obtuviera lo que merecía: Premio de la Crítica y, sobre todo, Premio Nacional. A esto sí se le puede llamar justicia poética.

Lo que menos me ha gustado: solo podría reprocharme no haberlo leído antes, pero, como digo, puede que este fuera el momento idóneo para hacerlo.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“que en la desolación no hay tique de retorno,

ni aun por un instante, hacia la plenitud,

que en la vejez llaman arrugas

a las heridas, alopecia

a la calavera, memoria

al epitafio”.

Antonio Hernández”, en “Nueva York después de muerto”.