Tras la puerta

 

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Hoy era la noche de muertos y me levanté con el mejor humor con que jamás me hubiera levantado. Llevaba ya varios años organizando todo y aquel, por fin, podría cumplir con mi esperado plan. Tenía todo lo que necesitaba. Cuerdas. Un bate de béisbol. Varios cuchillos de distintos tamaños y formas. Un hacha. Bolsas y sacos. Y, lo más importante de todo: la lista con las personas que siempre visitaban cada casa que tuviera una puerta decorada con los motivos propios de esta celebración. Salí a la calle, observé mi puerta y me deleité de nuevo con lo bien que me había quedado y lo atrayentes que eran los colores que usé. Mi plan saldría a la perfección.

 

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Las llamas se veían a través de los cristales de la puerta como si el mismo infierno se hubiera asentado en el interior del edificio. Era incluso cómico ver el rótulo “asegurada de incendios” luciendo como un guardián que protegería a los inquilinos de las llamas. Qué irónico era ver cómo ardía aquel inmueble donde pasé tantas y tantas horas. Pensé en el portero, en los vecinos, en mi familia. Todos se quemarían junto a la madera que crujió bajo mis pies hasta ese mismo día. Miré una última vez el fulgor anaranjado que crepitaba con toda su fuerza al devorarlo todo. Me di la vuelta y comencé a alejarme de allí entre chasquidos y gritos desesperados. No quedaría nadie con vida aparte de mí, y eso era un enorme consuelo. Había hecho lo correcto por el bien de todos ellos. Al fin y al cabo, llevaba mucho tiempo queriendo asesinarlos.

 

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Tendría que haber supuesto antes que una puerta de ese color no podía esconder nada bueno y haberme alejado de ella, pero mi vocación de detective privado no me dejó más opciones que darles validez a los rumores e investigar cuáles de todos ellos eran ciertos. Algunos decían que era roja porque Madamme Du Sautois llevaba en los labios un carmín del mismo color cuando conoció a su rico esposo, dueño de aquella mansión que se mandó construir veinticinco años atrás. Otros aseguraban que Messieur Du Sautois, el famoso empresario vinícola, había querido dejar constancia de su profesión (y la razón de su riqueza) dándole a su puerta el mismo color que sus vinos. Eran dos historias divertidas, lo reconozco, pero ninguna me terminaba de convencer. Yo me decantaba por un tercer rumor, mucho menos extendido que aquellos dos, pero que, por alguna razón, se me antojaba como el único acertado. Estudié la puerta sin descanso durante nueve días, anotando cada detalle por si alguno suponía la pista crucial de mi investigación, pero no tuve éxito. Llegué incluso a entrar en la mansión haciéndome pasar por un hostelero del sur del país interesado en los fascinantes vinos de la bodega Du Sautois, pero tampoco en el interior vi nada que me ayudara a resolver el enigma. Pasé meses paseando por la zona, hablando con vecinos, analizando las salidas de los señores de la casa y sus criados. No me sirvió de nada. Indignado y cabreado conmigo mismo, me vi en la obligación de abandonar mis pesquisas. Tras varios días sin salir de la cama, una mañana me forcé a desayunar en el bar de la esquina. Café, un pain au chocolat, zumo de naranja recién exprimido y el periódico del día. Dos sorbos de café para despertar mis sentidos, un mordisco de aquel delicioso bollo para acallar a mi estómago y un rápido vistazo a las páginas de sucesos del Bonjour, Paris y supe que ahí estaba el indicio que había estado buscando durante todo ese tiempo. Dejé el desayuno a medias y corrí hasta la puerta, con el periódico bajo el brazo. Cuando llegué, confirmé mis sospechas. Sabía que no me equivocaba, pues conocía a la perfección cada detalle de aquel portón. Abrí el diario por la página en cuestión y leí en voz alta el titular que había llamado mi atención: “Se cumplen veinticinco años de los Crímenes Escarlata. Ciento veintiséis personas asesinadas con la piel pintada de rojo como único nexo en común. Unos crímenes que, un cuarto de siglo después, siguen sin haberse resuelto”.

 

 

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Me pidió que entrara en la casa, en esa oscuridad densa y peligrosa. Le dije que no, que yo solo había ido hasta allí para sentarme a leer en el bordillo, como hacía a diario. Él se rio con una carcajada que me recordó al graznido de un cuervo. Me prometió que no me pasaría nada malo, que dentro se estaba más fresco y que nadie tenía por qué enterarse. No me fiaba del todo, pero el interior de aquella casa frente a la que me había sentado tantas y tantas veces siempre me había causado mucha curiosidad. Me tendió la mano y yo se la agarré. Mi corazón comenzó a latir con más fuerza y estuvo a punto de desbocarse cuando tropecé con el bordillo. Me sacudí el vestido de pequeñas flores amarillentas y azules y entré en la casa. Solo cuando se cerró caí en la cuenta de que el libro se me había caído al tropezar y que mis padres me regañarían al volver, pero eso dejó de preocuparme cuando el hombre encendió una luz y descubrí lo que escondían aquellas paredes.

 

 

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Corrí a toda velocidad al descubrir que alguien me perseguía. Mis padres me habían dicho que no volviera tarde a casa, pero yo, como hacía más de lo que habría querido, les había desobedecido de nuevo. Se había hecho de noche y no conocía aquel camino. Emma me había dicho que llegaría antes si atravesaba el bosque y que no había ningún peligro, pero la noche había engullido toda luz y el miedo hizo el resto para que aquel lugar se convirtiera en la peor de las trampas. Escuchaba los pasos y los jadeos tras de mí, acercándose más y más, mientras yo resbalaba, me tropezaba con piedras y raíces y me sentía devorado por la angustia. Corrí y corrí, sin preocuparme por la tensión que se iba acumulando en mis piernas de adolescente sedentario, atemorizado como un niño pequeño ante el más temido de sus monstruos. Corrí y, por suerte, el brillo de la luna terminó con aquella pesadilla. Descubrí una puerta de madera azul enmarcada por macizos bloques de piedra y me dirigí hacia ella sin perder más tiempo. La empujé y, gracias al cielo, se abrió. Me introduje en el interior, la cerré y apoyé la espalda contra la tosca madera mientras trataba de recuperar la respiración. Tragué saliva y me pareció estar tragando brea de tan seca que tenía la boca. Me sentí a salvo y, entonces, la luz de una linterna me iluminó, alumbrando también el lugar y dejando a la vista que aquella puerta azul enmarcada en aquellos macizos bloques de piedra no llevaba a ninguna parte más allá de lo que sería una muerte segura.

 

 

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La puerta del antiguo Hôtel Saint-Aignan, con su verde desesperanzado, mostraba los rostros de cuatro demonios, como los de los cuatro hombres asesinados entre sus muros. La lista la inició Marcel Pignot, un sexagenario al que mataron envenenando su Long Island diario, allá por 1983. Frédérique Foissard, escritor de poca monta con varios libros publicados y escasas ventas, golpeado hasta la muerte con un pesado cenicero de cristal en el largo invierno de 1999. Un conocido relojero húngaro que emigró a París recién cumplida la mayoría de edad y de nombre Zsiga Bodrogi, asfixiado con un cojín mientras dormía, en el año 2006. El último fue Auguste Flament, uno de los youtubers de moda en la capital francesa, de un certero disparo en la frente cuando estaba a punto de entrar a su habitación, en una noche de verano de 2013. Yo me paré frente a la puerta y sus cuatro demonios y sonreí, antes de cruzar, al guardarme el escalpelo en el bolsillo interior de mi chaqueta. ¿Dónde colocarían el rostro del quinto demonio?

 

 

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