Tras la puerta

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La magia siempre fue algo que tuve que ocultar a los ojos de los demás. En los años en que viví no me habrían considerado un mago bondadoso de esos que ahora llenan los libros de fantasía con sus bastones, varitas y largas barbas blancas. No. Nadie habría pensado así. Por el contrario, me habrían acusado de brujo y, por lo tanto, sentenciado a muerte, algo a lo que nunca estuve dispuesto. Ni siquiera mis padres se enteraron de mis habilidades mágicas, pues, de haberlo sabido, habrían corrido un grave peligro, y ya se sabe que sentirse en peligro nos puede llevar a cometer errores insalvables. Lo escondí. Reduje mi propio poder al mínimo, aprisionándolo como si fuera un pobre gorrión privado de su libertad en una jaula. Ese fue mi error, provocado, sin lugar a dudas, por sentir todo el peligro que me acechaba. Un poder como el mío no podía mantenerse oculto ni encerrado, y el gorrión resultó ser un águila que acabó por romper cada uno de los barrotes que lo tenían cautivo. Explotó, llevándose todo por delante, segando cada vida que habitaba en aquella casa que nos vio nacer a mí y a mis tres hermanos. No tuve tiempo de impedir que murieran, pero, en el último instante, sí fui capaz de atrapar sus almas en la propia estructura de la casa o, más bien, de la puerta. Las dos hojas superiores contienen las de mis padres. Las dos inferiores son mis dos hermanos varones, con quienes nunca me llevé especialmente bien. El alma que más me importaba de todas, la de mi querida hermana, la dirigí en aquella preciosa rosa que sobresale en belleza por encima de todos los demás elementos. Me ocupé, ya sin necesidad de conjuros, de pintar la puerta con unos colores que reaccionaran con la luz de la luna para que mi familia estuviera siempre al alcance de mi mirada. Nunca me fui de aquel hogar, que siempre fue el mío. Todos los días les dirijo mis palabras de cariño a las pobres almas de mis familiares e, incluso, en ocasiones, siento que mi hermana, en nombre de todos, me responde exhalando un dulce aroma a la rosa más pura que jamás haya existido.

 

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El 120 de la londinense Sutherland Avenue siempre fue uno de mis edificios favoritos. Con aquella belleza antigua, casi decrépita y moribunda, sus detalles me alegraban el alma cada vez que pasaba junto a su puerta. Oh, la puerta. Las escaleras como tableros de ajedrez invertidos. Las columnas corintias de ese blanco tan puro que no parecía notar el paso de tantos años. El ladrillo rojizo como las ascuas de una chimenea aún caliente. Y la cristalera. Esa cristalera de colores tan vivos, tan alegres, tan poco apropiados para una casa en la que ocurrieron sucesos tan horribles. Si los señores Hicks pudieran hablar después de haber sido torturados durante dieciocho días con un set de manicura, estoy seguro de que no habrían elegido esos colores para decorar su puerta. Quizá la habrían dejado el cristal sucio y amarillento que deslucía en una puerta tan digna de alegría y vitalidad. Estoy seguro de que, al igual que a mí, a nadie le gustaba aquel mugriento cristal, del mismo modo que estoy convencido de que otros muchos habrían querido matarlos.

 

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Era una puerta magnífica, imponente, gloriosa, pero mis ojos se fueron directos a aquel pomo poliédrico tan transparente como el aire. Mis ojos de policía experimentado volvieron a ver un indicio invisible a otras miradas menos capaces. La suavidad de sus aristas. La lisura de sus caras. La pulcritud de toda su superficie. Ninguna imperfección. Ninguna mancha. Perfecta en su absoluta totalidad, algo complicado de entender teniendo en cuenta el estropicio que los años habían hecho sobre la madera de aquella puerta. Si alguien se había esmerado tanto en cuidar el pomo con tanta delicadeza, estaba claro que era por algo que quería ocultar. Nadie había entrado en aquella antigua casa porque nadie había puesto el más mínimo interés en un edificio olvidado hace varios lustros. Nadie hasta que mi olfato policíaco me llevó hasta allí en busca de los pasos de un asesino que había tenido en jaque a todo el cuerpo durante meses. Coloqué mi mano izquierda sobre él y lo giré mientras dirigía mi pistola al interior, justo antes de disparar, con escasa puntería, a la monstruosidad que encontré nada más abrir la puerta.

 

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Bigna, la diosa de la protección y el bienestar según algunas culturas antiguas, no fue suficiente para evitar que en el interior de aquel edificio ocurriera aquella tragedia. Que los dueños pintaran su rostro en la puerta no pudo evitarlo. Sus enormes ojos, que usaba para visualizar cualquier peligro, no fueron capaces de prever que la calma se viera arrasada aquella fatídica noche. Sus labios, que avisaban de las amenazas aun sin estar abiertos, no emitieron ningún sonido de alerta. Su poderosa magia no sirvió de nada. Las tres criaturas cuya protección le había sido encomendada debieron de dejar de creer en ella los segundos previos a su muerte. Dilma Herales, asesinada en la sala de lectura, que ella misma cerraba por dentro, apareció rodeada de un tétrico charco de su propia sangre. Leonor Sindeseo, su amante, dejó de respirar de forma súbita mientras dormía, como si alguien la hubiera ahogado con una almohada que, sin embargo, nadie había tocado. Kilie, la gata color canela de ambas, de la puerta principal, la misma con el rostro pintado de Bigna. Nadie fue capaz de resolver aquel enigma tan fatal como grotesco. Los años pasaron y ni los mejores investigadores pudieron encontrar a los culpables. Solo al pasar doscientos años, cuando aquel edificio ya estaba prácticamente en ruinas, un chaval del pueblo detuvo su bici frente a la puerta al ver a siete gatos maullando con fuerza ante ella. Al acercarse más vio un rostro pintado en tonos azules. Un rostro femenino de ojos grandes y cerrados, nariz ancha y labios finos y sensuales como el tallo de una azucena. Todos los libros que había leído en sus solitarias tardes le sirvieron para saber a quién pertenecían aquellos rasgos: se trataba de Ekó, una antigua diosa de la destrucción y la muerte, con sus exagerados rasgos y su habitual color de olas del mar. Mientras pedaleaba de vuelta a casa pensó que aquel pueblo se estaba llenando de malhechores, aunque habría preferido creer que todo había sido cosa de magia.

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Me dejé medio corazón tras esa puerta y, el otro medio, estaba a punto de dejarlo allí dentro también. Te esperé desde que supe de tus intenciones. Sin nervios. Sin sobresaltos. Sin ninguna lágrima. En el fondo te comprendía. Entendía que hubieras tomado esa decisión y la asumí como un hecho inevitable, como la consecuencia ineludible de mis actos. No me arrepiento de nada. Volvería a hacerlo todo del mismo modo en que lo hice. Cuando escuché el ruido de la cerradura, suspiré y relajé mis músculos todo lo que pude. Te vi frente a mí, con el gesto firme, con el brazo tenso y, si en algún momento pensé que podrías echarte atrás, dejé de hacerlo mientras te acercabas a mi posición desvalida. Todo siguió su curso hasta hacer encajar cada una de las piezas. Lo único que no me cuadró y que hizo que mis vellos se erizaran de uno en uno fue pensar lo que dolería ser asesinado con el arma que elegiste para cumplir tu cometido.

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Fue un garaje hace ya bastantes años, donde Ramón Gulpiano aparcaba su antiguo dos caballos y donde, antes que él, su padre ataba a su único caballo, sin ruedas ni palanca de cambios. A mí siempre me gustó más caminar y, en un pueblo tan pequeño como aquel, nunca necesité más medio de locomoción que no fueran mis robustas piernas. Quizá caminar tanto y las labores en el campo moldearon mi cuerpo hasta ensanchar mis músculos, además de pintar mi piel hasta darle un tono broncíneo. Necesitaba esa fuerza. Necesitaba algunos conocimientos agrícolas. Granjearme fama de buen hombre no me costó más que un par de años. Buenos modales, una sonrisa imperecedera y algunos favores que, por supuesto, hacía encantado y empecé a recibir los mejores comentarios posibles y varias invitaciones a meriendas y fiestas particulares. No elegí aquel lugar por casualidad. Sabía a ciencia cierta quién vivía allí. Tenía claro qué casa debía comprar. Con su garaje, ya sin coches ni monturas, pero con espacio suficiente para cubrir de zarzas y ocultar mi crimen. No me costó demasiado consolar al viudo, pues nos habíamos hecho buenos amigos y, además, me guardé un as en la manga: se volvía loco por el pastel de moras.

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En las novelas negras se ha repetido un mismo patrón durante mucho tiempo: el asesino es algún empleado del hogar. Poco a poco la culpabilidad fue pasando a otras manos, precisamente para no caer en el tópico. Me pareció divertido volver a aquellos orígenes de crímenes escritos en papel, solo que yo escribí el mío con la sangre de los señores de la casa, quienes nunca esperaron que su servicial mayordomo fuera a arrancarles la vida. El asco que me causaba aquella puerta de servicio se convirtió en orgullo cuando salí por ella por última vez. Caí en el tópico, sí, pero el placer que me supuso hizo que todo hubiera merecido la pena y, ¿quién sabe? Quizá quienes investiguen el crimen no quieran hacer el ridículo si piensan que el principal sospechoso es el mayordomo…

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Que en esa casa en cuestión hubiera dos puertas en lugar de una no me supuso ningún problema. El pueblo llevaba ya unos meses sumido en el terror tras varios asesinatos con un denominador común: las puertas de las casas donde se habían cometido habían terminado destrozadas. Para mí era un juego. Una nueva casa. Dos nuevas víctimas. Dos nuevas puertas que destrozar. Una maravilla.

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Hoy era la noche de muertos y me levanté con el mejor humor con que jamás me hubiera levantado. Llevaba ya varios años organizando todo y aquel, por fin, podría cumplir con mi esperado plan. Tenía todo lo que necesitaba. Cuerdas. Un bate de béisbol. Varios cuchillos de distintos tamaños y formas. Un hacha. Bolsas y sacos. Y, lo más importante de todo: la lista con las personas que siempre visitaban cada casa que tuviera una puerta decorada con los motivos propios de esta celebración. Salí a la calle, observé mi puerta y me deleité de nuevo con lo bien que me había quedado y lo atrayentes que eran los colores que usé. Mi plan saldría a la perfección.

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Las llamas se veían a través de los cristales de la puerta como si el mismo infierno se hubiera asentado en el interior del edificio. Era incluso cómico ver el rótulo “asegurada de incendios” luciendo como un guardián que protegería a los inquilinos de las llamas. Qué irónico era ver cómo ardía aquel inmueble donde pasé tantas y tantas horas. Pensé en el portero, en los vecinos, en mi familia. Todos se quemarían junto a la madera que crujió bajo mis pies hasta ese mismo día. Miré una última vez el fulgor anaranjado que crepitaba con toda su fuerza al devorarlo todo. Me di la vuelta y comencé a alejarme de allí entre chasquidos y gritos desesperados. No quedaría nadie con vida aparte de mí, y eso era un enorme consuelo. Había hecho lo correcto por el bien de todos ellos. Al fin y al cabo, llevaba mucho tiempo queriendo asesinarlos.

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Tendría que haber supuesto antes que una puerta de ese color no podía esconder nada bueno y haberme alejado de ella, pero mi vocación de detective privado no me dejó más opciones que darles validez a los rumores e investigar cuáles de todos ellos eran ciertos. Algunos decían que era roja porque Madamme Du Sautois llevaba en los labios un carmín del mismo color cuando conoció a su rico esposo, dueño de aquella mansión que se mandó construir veinticinco años atrás. Otros aseguraban que Messieur Du Sautois, el famoso empresario vinícola, había querido dejar constancia de su profesión (y la razón de su riqueza) dándole a su puerta el mismo color que sus vinos. Eran dos historias divertidas, lo reconozco, pero ninguna me terminaba de convencer. Yo me decantaba por un tercer rumor, mucho menos extendido que aquellos dos, pero que, por alguna razón, se me antojaba como el único acertado. Estudié la puerta sin descanso durante nueve días, anotando cada detalle por si alguno suponía la pista crucial de mi investigación, pero no tuve éxito. Llegué incluso a entrar en la mansión haciéndome pasar por un hostelero del sur del país interesado en los fascinantes vinos de la bodega Du Sautois, pero tampoco en el interior vi nada que me ayudara a resolver el enigma. Pasé meses paseando por la zona, hablando con vecinos, analizando las salidas de los señores de la casa y sus criados. No me sirvió de nada. Indignado y cabreado conmigo mismo, me vi en la obligación de abandonar mis pesquisas. Tras varios días sin salir de la cama, una mañana me forcé a desayunar en el bar de la esquina. Café, un pain au chocolat, zumo de naranja recién exprimido y el periódico del día. Dos sorbos de café para despertar mis sentidos, un mordisco de aquel delicioso bollo para acallar a mi estómago y un rápido vistazo a las páginas de sucesos del Bonjour, Paris y supe que ahí estaba el indicio que había estado buscando durante todo ese tiempo. Dejé el desayuno a medias y corrí hasta la puerta, con el periódico bajo el brazo. Cuando llegué, confirmé mis sospechas. Sabía que no me equivocaba, pues conocía a la perfección cada detalle de aquel portón. Abrí el diario por la página en cuestión y leí en voz alta el titular que había llamado mi atención: “Se cumplen veinticinco años de los Crímenes Escarlata. Ciento veintiséis personas asesinadas con la piel pintada de rojo como único nexo en común. Unos crímenes que, un cuarto de siglo después, siguen sin haberse resuelto”.

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Me pidió que entrara en la casa, en esa oscuridad densa y peligrosa. Le dije que no, que yo solo había ido hasta allí para sentarme a leer en el bordillo, como hacía a diario. Él se rio con una carcajada que me recordó al graznido de un cuervo. Me prometió que no me pasaría nada malo, que dentro se estaba más fresco y que nadie tenía por qué enterarse. No me fiaba del todo, pero el interior de aquella casa frente a la que me había sentado tantas y tantas veces siempre me había causado mucha curiosidad. Me tendió la mano y yo se la agarré. Mi corazón comenzó a latir con más fuerza y estuvo a punto de desbocarse cuando tropecé con el bordillo. Me sacudí el vestido de pequeñas flores amarillentas y azules y entré en la casa. Solo cuando se cerró caí en la cuenta de que el libro se me había caído al tropezar y que mis padres me regañarían al volver, pero eso dejó de preocuparme cuando el hombre encendió una luz y descubrí lo que escondían aquellas paredes.

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Corrí a toda velocidad al descubrir que alguien me perseguía. Mis padres me habían dicho que no volviera tarde a casa, pero yo, como hacía más de lo que habría querido, les había desobedecido de nuevo. Se había hecho de noche y no conocía aquel camino. Emma me había dicho que llegaría antes si atravesaba el bosque y que no había ningún peligro, pero la noche había engullido toda luz y el miedo hizo el resto para que aquel lugar se convirtiera en la peor de las trampas. Escuchaba los pasos y los jadeos tras de mí, acercándose más y más, mientras yo resbalaba, me tropezaba con piedras y raíces y me sentía devorado por la angustia. Corrí y corrí, sin preocuparme por la tensión que se iba acumulando en mis piernas de adolescente sedentario, atemorizado como un niño pequeño ante el más temido de sus monstruos. Corrí y, por suerte, el brillo de la luna terminó con aquella pesadilla. Descubrí una puerta de madera azul enmarcada por macizos bloques de piedra y me dirigí hacia ella sin perder más tiempo. La empujé y, gracias al cielo, se abrió. Me introduje en el interior, la cerré y apoyé la espalda contra la tosca madera mientras trataba de recuperar la respiración. Tragué saliva y me pareció estar tragando brea de tan seca que tenía la boca. Me sentí a salvo y, entonces, la luz de una linterna me iluminó, alumbrando también el lugar y dejando a la vista que aquella puerta azul enmarcada en aquellos macizos bloques de piedra no llevaba a ninguna parte más allá de lo que sería una muerte segura.

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La puerta del antiguo Hôtel Saint-Aignan, con su verde desesperanzado, mostraba los rostros de cuatro demonios, como los de los cuatro hombres asesinados entre sus muros. La lista la inició Marcel Pignot, un sexagenario al que mataron envenenando su Long Island diario, allá por 1983. Frédérique Foissard, escritor de poca monta con varios libros publicados y escasas ventas, golpeado hasta la muerte con un pesado cenicero de cristal en el largo invierno de 1999. Un conocido relojero húngaro que emigró a París recién cumplida la mayoría de edad y de nombre Zsiga Bodrogi, asfixiado con un cojín mientras dormía, en el año 2006. El último fue Auguste Flament, uno de los youtubers de moda en la capital francesa, de un certero disparo en la frente cuando estaba a punto de entrar a su habitación, en una noche de verano de 2013. Yo me paré frente a la puerta y sus cuatro demonios y sonreí, antes de cruzar, al guardarme el escalpelo en el bolsillo interior de mi chaqueta. ¿Dónde colocarían el rostro del quinto demonio?

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