Crítica: Las hogueras azules

Título: Las hogueras azules

Autor: Juan F. Rivero 

Editorial: Candaya

Premio del Gremio de Librerías al Mejor Libro de Poesía del Año

Que los libreros y libreras hablen siempre es bueno. Que recomienden, que comenten, que sean faro literario en esta selva editorial en la que nos encontramos. Es necesario. Y han vuelto a hablar. Y nos han traído sus libros preferidos del año. Y yo os traigo, gracias a su trabajo, la reseña de este poemario tan especial, tan sutil, tan delicado y tan bello.

A mí me pusieron en las manos este libro las encantadoras libreras de la Librería Cervantes y Compañía (no dejéis de visitarla si estáis en Madrid). Al preguntarles por algunos poetas, me dijeron, con el cariño puesto en las palabras, que, si me gustaba la poesía, me iban a recomendar este libro, que a ellas les había encantado. ¿Veis por qué digo que los libreros y libreras tienen que hablar?

Porque, sí, esas son las palabras que me salen nada más leerlo. Llamadme cursi, ñoño o lo que os parezca mejor, pero es un libro así, lleno de una levedad cargada de belleza, firme a pesar de lo liviano, acertado en la búsqueda de palabras, imágenes y formas para contener justo lo que era necesario. Qué difícil, ¿no creéis?

Distinto ya desde que uno sabe que se va a ver inmerso en las tradiciones poéticas de China y de Japón. Porque, lejos de algunos haikus o tankas que podemos encontrar si buscamos un poco (yo mismo me atreví a escribir algunos en “Laberinto breve de la imaginación”, esa antología de poesía breve publicada por Cuadernos del Laberinto en la que participé), no estamos muy acostumbrados a adentrarnos en la poesía oriental, y es muy interesante (o así lo creo yo) buscar inspiración lejos de nuestras fronteras, de lo conocido, de lo que nos rodea.

Juan F. Rivero ha sabido beber de esas fuentes y nos las acerca a golpe de verso, con un cuidado propio, también, de esas culturas, con tacto, aroma, sonido y sabor a tierras lejanas donde buscar la belleza en la sutileza de lo cotidiano es casi una forma de vida.

Y yo me alegro, como me habréis leído o escuchado muchas veces, de que la juventud en un poeta no sea sinónimo de despreocupación por la tradición poética; de arrancar la raíz para sembrar malas hierbas; de creerse dueños de la certeza poética sin apenas saber qué es la poesía. Este poeta joven (nacido en 1991) tiene oficio, respeto y verdad en su escritura.  Sigamos a estos poetas y no a los poetas de escaparate, llegados al universo poético por méritos (o, más bien, deméritos) muy distintos a saber escribir poesía (llamémosle fama, llamémosle muchos seguidores, llamémosle venta asegurada, de una u otra forma). Y agradezcamos, también, la imprescindible labor de editoriales independientes como Candaya, que, además de hacer unas ediciones preciosas, apuesta por autores que sí, por autores que siempre, por autores que todo.

Gracias.

Lo que más me ha gustado: podría apuntar muchos aspectos, pero me voy a quedar con lo distinto que ha sido para mí leer un poemario así. Alejado (no en todo) de lo que suelo leer. Aunque suene a cliché, he podido viajar con los versos de Juan F. Rivero, un viaje sensorial que ha sido muy placentero. 

Lo que menos me ha gustado: quizá la parte de poemas más breves es algo extensa para mi gusto, pero solo es un quizá y, como sigo, solo para mi gusto.

Sin duda, un muy buen poemario de un poeta joven que merece ser leído. Recomendado al cien por cien.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Somos tangibles, tiernos

como el desorden de una habitación;

sentimos miedos nuevos

                                                  cada vez que diluvia

y asignamos un nombre

                                               a las cosas que amamos”.

 “Poemas para un biombo sobre la tristeza (Panel B)”, Juan F. RIvero

Crítica: El año de la grava

Título: El año de la grava

Autor: J. Santatecla

Editorial: Valparaíso

Conocí a Jota en la caseta de Valparaíso de la Feria del Libro de Madrid, en septiembre. Un tío simpático, cercano, agradable en el trato, sonriente (aun con mascarilla) y, entre todo eso, poeta.

Y no solo “el poeta del metro” (si buscáis su historia, es bastante interesante), sino un poeta hecho con trabajo, con escucha, con respeto y con la certeza de que abrazarse a modas no lleva más que a callejones sin salida y que la poesía es otra cosa, que no sigue lo fácil, lo que vende, lo que rompe con toda la tradición… Y se nota en este libro. Se nota mucho que Jota ha leído, que ha escuchado, que ha consultado, que se lo ha tomado en serio y ha escrito poesía de verdad.

Sinceramente, se agradece que haya personas que, pudiendo tirar por lo fácil, se preocupen por cuidar la poesía, por aportar su pulso, mostrar sus miedos, dejarnos entrar por su herida a través de unos versos bien creados, a través de unas imágenes propias de las que los lectores podemos apropiarnos. No sé para vosotros, pero, para mí, eso es la poesíaidentificarnos en la imagen que el poeta nos muestra.

Este “El año de la grava” es un libro que me ha gustado mucho, y lo ha hecho por varios motivos. 

Además de lo que ya he dicho, me ha gustado mucho la originalidad en la estructura, esa conexión entre los dos mundos de Jota (el audiovisual y el poético), dejándonos muestras de ambas disciplinas en un poemario lleno de imágenes tan potentes que, sí, nos hace estar en una sala de cine, con los altavoces llenando el aire de metáforas e imágenes de una fuerza arrolladora.

Y, como no hay mejor muestra que los propios versos de Jota, aquí os dejo algunos:

Del poema 3-1-1:

El techo de los años se proyecta

en el contorno verde de los ojos.

Del poema 2-3-5:

Y vuelven las arrugas al retrato.

Memoria: suciedad en los cristales.

Del poema 1-4-3:

Cada noche regresa ese secreto

que parpadea en las fotografías.

Olvido. Memoria. Tiempo. Heridas. Pérdidas. Temas universales bajo el tamiz de Jota, que nos regala una poesía tan cercana como él, tan luminosa, tan sonriente detrás de cualquier barrera.

Seguiré leyendo a Jota. Seguiré pendiente de su evolución, porque sé que va a seguir evolucionando, creciendo, y que estará, por méritos propios, en el panorama poético actual. Y yo, sinceramente, me alegro de que sea así.

Lo que más me ha gustado: descubrir la poesía de Jota, por supuesto, y ver que bebe de la tradición, algo que se ve en algunas citas (ya sabéis que me encantan las citas en los poemarios) de poetas como Gamoneda, Brines o Blas de Otero.

Lo que menos me ha gustado: quizá, sin que esto quiera decir que sea mala, esa última parte de los embriones. No he podido conectar tanto como con el resto de poemas.

“La distancia se oxida con la sed,

subdivide los mapas, desorienta la flecha”.

 Fragmento de “2-1-1”, J. Santatecla, “El año de la grava”

Crítica: La curación del mundo

Título: La curación del mundo

Autor: Fernando Beltrán

Editorial: Hiperión

Conocí a Fernando Beltrán la tarde del 1 de diciembre, en la Tercera sesión del Ciclo “Poetas de Adonáis”en la Tertulia Montesinos, a la que fui para ver y a apoyar a mi querida Marina Casado, pues intervenía junto al propio BeltránRafael Soler y Miguel Galanes.

Qué lujo y qué rato más agradable.

Sin que tenga que ver con la reseña (o sí), necesito decir que yo llegué hundido. Que mi relación de más de seis años se había terminado solo dos días antes y que estuve a punto de quedarme en casa, pero no lo hice. Esa tarde lloviznaba en Madrid, así que caminé desde casa hasta el lugar donde tendría lugar el encuentro y me dejé abrazar por la poesía. Como siempre que hay buena poesía por medio, el abrazo fue infinito y absolutamente reconfortante.

Rafael Soler ya lo conocía, aunque no lo había escuchado recitar, y esa voz que tiene te atrapa desde el primer verso.

Con Beltrán y Galanes era mi primer encuentro y, si bien el segundo no terminó de gustarme, me enamoré por completo de Fernando. Por la historia que contó. Por cómo la contó. Por los poemas que recitó y por cómo lo hizo. Qué maravilla de poesía, qué voz, qué manera más magnética de recitar. Leyó un poema que, según contó, escribió en el confinamiento después de haber tenido un encuentro algo místico con una peregrina francesa y que mantuvo a la sala en absoluto silencio. Un poema largo (que no suelen ser mis preferidos), con unas repeticiones que se te iban clavando en el cerebro, con un ritmo perfecto, un sonidoperfecto, unas imágenes perfectas. Supe que tenía que encontrar ese poema para leerlo y releerlo y, al fin, lo encontré en este magnífico poemario que es “La curación del mundo”, abriéndolo, como una mariposa rompiendo la crisálida. 

A día de hoy puedo decir, por una parte, que ese “La jerarquía del ángel” es uno de mis poemas favoritos y que Fernando Beltrán se ha convertido en un poeta al que tendré muy, muy en cuenta.

Con una poesía muy personal, distinta sin tratar de quebrar la tradición, con repeticiones brillantemente traídas (me encantan las buenas repeticiones en poesía), con historia –la suya, la del poeta y un momento vital complicado– que se siente como propia… Una maravilla, de verdad. Un poemario que recomendaré y regalaré, porque lo merece.

Lo que más me ha gustado: ese poema inicial que voy a leer una y otra vez, sin dudarlo. Me parece un poema espectacular. También, encontrar poemas bastante largos que, lejos de aburrirme, me han tenido pegado a cada verso.

Lo que menos me ha gustado: sin que sea algo malo, porque creo que es muy acertado, me ha gustado tanto que se me ha hecho algo corto.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“A la naturaleza le da igual que mueras o no mueras”.

Inicio de “La jerarquía del ángel”, de Fernando Beltrán en “La curación del mundo”.

Crítica: Arden las pérdidas

Título: Arden las pérdidas

Autor: Antonio Gamoneda

Editorial: Tusquets

Antonio Gamoneda lo conocí en persona escuchándolo recitar en un encuentro entre la poesía rumana y la poesía española celebrado durante la Feria del Libro 2021 en la Casa de Vacas de El Retiro. Resultado: me enamoré de él. No solo por lo que recitó y por cómo lo recitó, sino por lo que contó y cómo lo contó, por cómo es él, un poeta inmenso en el cuerpo de un hombre humilde y sencillo.

Supe, desde ese momento, que tenía que leerlo más allá de algunos poemas buscados en internet, y me he iniciado con este “Arden las pérdidas”, editado con la elegancia típica de Tusquets.

No sé si es el mejor libro de Gamoneda para empezar a leerlo ni si es su mejor libro, pero, con autores como él, creo que poco importa. Lo tenía que leer. Lo quería leer. Y eso he hecho. En mi primera visita a la preciosa “La cafebrería”, me hice con este poemario y con “El libro del frío”, también del poeta ovetense, un botín más que satisfactorio de mi paso por ese oasis literario.

Es un libro peculiar, o eso creo, con poemas breves (a veces, muy breves) y la aclaración del propio autor en una nota final de que son, en ocasiones, fragmentos de otros poemas suyos, recortes con o sin algunas variantes, diálogos con otros poetas. Original, desde luego, es. Y, si no me equivoco (tendré que verlo según lea más al poeta), una buena forma de acercarse a la poesía de Gamoneda.

Ya desde el título podemos ver de qué trata este poemario: de aquello que ya no se tiene pero que aún se recuerda. De lo que se ha perdido, pero se mantiene de alguna forma. De la vida que pasa y nos pasa, en definitiva. Un tema tan recurrente en poesía como necesario, pasado por el sencillo y magnífico tamiz de un poeta esencial en la literatura en castellano, uno de los grandes.

Con un lenguaje sin pretensiones, con cercanía, con oficio y con una voz potente, precisamente, por la complicada sencillez con la que escriben los buenos poetas, los versos de Gamoneda se quedan enganchados en las pupilas, en los dedos, en los labios. Y se releen, porque piden ser releídos. Y se piensan, porque también eso reclaman.

Y, sí, se quiere más a Gamoneda, se le reconoce más, se le sitúa donde merece: entre los poetas que perdurarán en el tiempo, con esa llama encendida que arde, incluso, en lo que se pierde.

Lo que más me ha gustado: además de leer por fin en serio a Gamoneda, la última parte, con poemas en prosa más extensos, me ha gustado muchísimo.

Lo que menos me ha gustado: puede que algunos poemas demasiado breves que habría agradecido algo más extensos, aunque, entonces (claro), serían otra cosa distinta.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Es la agonía y la serenidad.

Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya

la única sabiduría es el olvido”.

Antonio Gamoneda”, en “Arden las pérdidas”.

Sobre ‘Hogares impropios’

Quienes me sigáis por redes, leáis mi blog o me hayáis escuchado hablar sobre literatura y poesía en alguna charla, entrevista, recital o en las entrevistas que hago en Radio off the record (que retomamos ya en breve), sabréis cuál es mi opinión sobre el mercado editorial actual y, de forma más específica, sobre la poesía actual.

Siempre he sido lector de poesía y siempre he escrito poesía, desde muy pequeño, porque pronto supe que era algo que me llamaba, algo que estaba en mí y que, algún día, aprendería y haría con cierta soltura.

Recuerdo leer, de niño, a Miguel Hernández, a Machado, a Lorca, a Gloria Fuertes… Y escuchar cómo mis padres me leían algunos poemas. Del mismo modo, recuerdo escribirle un poema a mi madre con rimas propias de mi edad como uno de los primeros textos escritos por mí de los que tengo recuerdo (en cuanto pueda, subiré el poema a las redes, para que veáis mis orígenes, jeje). Como he dicho en algunas ocasiones, ya desde bien pequeño, poesía, poesía y poesía.

Con el tiempo seguí escribiendo algunos versos, sobre todo impulsado por el concurso de mi instituto, el Felipe II de Moratalaz, con un equipo de profesores y profesoras de lengua maravilloso y de quienes guardo muy buen recuerdo (Isabel, Carmen, Pilar, Trini, Alicia…), siguiendo en contacto aún con alguna de ellas, que siguen mi carrera como escritor. Si no recuerdo mal, aunque sí recibí algún premio con mis poemas, nunca gané el concurso salvo en una ocasión, aunque fue con un relato. Lo que sí sé es que ese aliciente me hizo seguir buscando esa voz que seguía diciéndome que escribiera poesía.

Después, aunque siempre he ido escribiendo algunos textos, la poesía quedó algo apartada mientras me sacaba las dos carreras, trabajaba, pasaba un año en Florencia, dos en Londres y, sobre todo, mientras empezaba a publicar mis libros de cuentos y la novela de fantasía juvenil. Un periodo largo en el que escribí muy, muy poca poesía y en el que tampoco leí demasiada.

El siguiente momento importante para mi yo poético fue, sin duda, el confinamiento. Aquella locura que nos tocó vivir y ante la cual cada uno tuvo que buscar la forma de no perder la cabeza supuso, para quienes realizamos alguna labor creativa y tuvimos la fuerza suficiente, un empujón al vacío. Entre otros entretenimientos, me lancé a publicar un poema al día por Instagram, y lo mantuve durante muchos, muchos días. Hoy, los leo y, sinceramente, tan solo salvaría algunos versos y algunas imágenes, aunque tendría que meter tijera y sutura en todos ellos. Eso sí, como ejercicio de escritura poética fue brutal, porque me obligué a explorar(me), a observar(me) y a crear(me) a través de la poesía. Como aprendizaje fue un paso fundamental.

En esta época escribí un poemario adulto (el primero que he cerrado estando conforme, aunque es algo peculiar) que sigue en un cajón y del que ya os hablaré cuando le llegue el momento y, también, algunos poemarios infantiles que, por el momento, no encuentran su lugar.

En los últimos años había leído más poesía de lo habitual, pero fue aquí cuando me hice un lector voraz de versos. Tengo que destacar, una vez más, el papel fundamental de mi maestro, Manuel Francisco Reina, que, por suerte para mí, fue despiadado con mi poesía, me guio sin dirigirme, me iluminó sin cegarme con su luz; y, además, viendo cómo iba siendo esa voz poética mía que ya empezaba a vislumbrarse, me recomendó infinidad de poetas y poemarios que podrían ser, como lo ha sido siempre él, un aprendizaje. Leí a Francisca Aguirre, a Ángela Figuera Aymerich, a Elsa López, a Guadalupe Grande, a Alberti, a Blas de Otero, a Antonio Hernández, a Gamoneda, a Rilke, a Gioconda Belli, a Raquel Lanseros… A un montón de poetas que, sí, fueron maestros desde el papel y la tinta.

También, cómo no, quise profundizar en la filosofía y, según el tema del que tuviera pensado escribir, leí a Ortega y Gasset, a Cicerón, a María Zambrano, a Hannah Arendt… Qué necesaria es la filosofía. Cuánto se aprende de ella.

Con todo esto que cuento, mi voz poética se hizo una realidad. Por fin, con treinta y cinco años, me encontré. Y, por suerte, con esa misma edad, me encontraron.

En este 2021 tan horrible para mí en todo menos en lo literario, por fin, pude decir (no sin cierto pudor aún) que soy poeta.

En otro momento duro en mi vida, una baja por diversas enfermedades, me agarré a la poesía como mi mayor aliada, y, en esos meses nació “Escrito bajo las uñas”, el poemario con el que, como sabéis, gané el XV Premio Internacional de Poesía Antonio Galami primer reconocimiento como poeta. En este mismo año, la editorial Cuadernos del Laberinto me incluyó en esa preciosa antología de poesía breve que es “Laberinto breve de la imaginación”, rodeado de poetas a quienes leo y admiro.

En estos complicados años (y, ya, por fin, os hablo de “Hogares impropios”), mientras leía a poetas que me cortaban la respiración, vi que hay una corriente que ha tomado mucha (demasiada) fuerza en la poesía actual. Es un hecho (y hay que reconocerlo) que se está escribiendo algo que pretende ser poesía sin parecérsele apenasInfluencers, youtubers, cantantes, actores, actrices, famosos y famosas se han lanzado, con el beneplácito y el símbolo del euro en los ojos de determinadas editoriales, a escribir eso que yo llamo pseudopoesía, esas frases de azucarillo, esos textos misterwonderfulizados y creados a golpe de tabulador sin calidad, sin estudio, sin respeto y con muy poca calidad. Podría escribir muchos ejemplos y dar muchos nombres, pero os dejo esa tarea como entretenimiento. Al ver, horrorizado, esta tendencia me lancé a escribir algunos poemitas más como desahogo que como otra cosa, criticando esta situación. Al principio, los reuní bajo el título “La fe del converso”, aunque tampoco les hice demasiado caso. Los escribí, me desahogué, los olvidé.

Poco después vi que la Universidad Carlos III sacaba un premio de poesía en el que solo pedían 300 versos, así que revisé lo que tenía en cajones, encontré estos poemas, los retoqué algo y di forma a un poemario, ya bajo el título de “Hogares impropios”, que aparece en uno de los poemas. No lo gané. Eso sí, supe que tenía que mejorarlo y seguir intentando hacer algo con este poemario.

El siguiente paso fue ver que había otro premio donde podría encajar y que me valía por fechas, el Premio Provincia de Guadalajara de Poesía José Antonio Ochaíta. Eso sí, pedían un poemario de 500 a 1000 versos, casi el doble de lo que yo tenía, como mínimo. Me puse manos a la obra.

Retoqué lo que tenía. Eliminé algunos poemas. Leí (leí mucho). Escribí poemas nuevos. Leí (leí mucho más). Me exploré, me observé, creé… Y, en algo menos de 700 versos, “Hogares impropios” se cerró. Lo presenté al premio… y lo gané.

Y fui feliz. Muy feliz. Por el premio, por supuesto, por el reconocimiento que supone, porque es un nuevo empujón que me invita a seguir escribiendo poesía y, también, porque valida esta crítica que llevo tanto tiempo haciendo sobre esa corriente de poesía que no es poesía, de poetas que no son poetas, de esta evidente puesta en valor de la calidad (de seguidores y, por lo tanto, de ventas) ante la calidad, que importa cada vez menos y que nos ha llevado a un punto en el que ya ni se esconde.

El poemario, con un poema introductorio, se divide entres partes. “La voz poética”, que pretende ser un homenaje a la poesía de verdad, a los poetas de verdad; “La palabra que se recuerda”, que es una crítica a esa pseudopoesía actual; y “Ciegos para siempre”, que habla de las consecuencias de desabrazar a la poesía de verdad por abrazar esa nueva forma de escribir que ni siquiera considero poesía.

El premio lo recojo el 14 de enero en Guadalajara. Estoy viendo cuál es la mejor forma de que se publique, ya que las bases dan la opción a hacerlo con una editorial tradicional, en acuerdo con la Diputación. Saldrá, seguro. Lo compartiremos. Me muero de ganas.

Premio José Antonio Ochaíta de Poesía 2021

Aunque ya lo he compartido por Instagram, Twitter y Facebook, me quedaba contar por aquí que, sí, acabo de ganar el Premio José Antonio Ochaíta de Poesía 2021, el galardón poético incluido en los Premios Provincia de Guadalajara.

En un año muy (muy) complicado en cuanto a la salud y a diversos temas laborales y personales y que termino de la peor forma posible para empezar 2022 (casi seguro) en un quirófano (vesícula), no miento si digo que, una vez más, me ha salvado la poesía.

Porque fue a la poesía a lo que me agarré en el confinamiento, escribiendo poemas y compartiéndolos por redes, obligándome a escribir y a leer, lo que siempre ayuda para aprender más y mejor.

Porque fue a la poesía a lo que me agarré en mi baja médica de casi seis meses, dando forma al poemario «Escrito bajo las uñas», con el que gané el XV Premio Internacional de Poesía Antonio Gala este mismo año.

Porque, en este año, he leído mucha, mucha, mucha poesía y he ido a bastantes eventos poéticos, conociendo y escuchando a poetas de la talla de Antonio Gamoneda, Manuel Francisco Reina, Gioconda Belli, Raquel Lanseros, Marina Casado, Javier Lostalé, Antonio Hernández, Fernando Beltrán, Rafael Soler, Eduardo Herrera Baulloso y un largo, muy largo etcétera.

Porque me han invitado a leer poemas míos en algún recital, y compartirlos es una sensación maravillosa.

Porque he pasado a formar parte del grupo poético Los Bardos, junto a Marina Casado, Alberto Guirao, Julia L. Arnaiz, Alicia Louzao, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Olira Blesa, y ha sido una noticia que me ha alegrado mucho.

Porque lo remato con este nuevo premio que ha llegado de forma inesperada y en un momento personal muy triste, por lo que he tenido que agarrarme a él para encontrar algo de alegría.

«Hogares impropios», un poemario del que hablaré en otra entrada que publicaré pronto y que ha supuesto un nuevo reconocimiento, un nuevo «sí» ante las dudas de si lo que escribo puede ocupar un lugar chiquitito en el universo poético, una razón más para seguir escribiendo aquello que más disfruto y que más me llena: POESÍA.

Como siempre, gracias eternas a los que estáis, a los que me apoyáis, a los que me leéis y a los que me ayudáis a seguir, poquito a poco, creciendo como escritor.

Crítica: Cielo

Título: Cielo

Título: Cielo

Autor: Javier Lostalé

Editorial: Fundación José Manuel Lara

Solo con ver a Javier Lostalé se intuye el tipo de persona que es. Al escucharlo, se puede ir aún más profundo, arrancar algunas capas más. Al leerlo, todo coincide y lo que al principio fue una intuición se vuelve una realidad.

Quizá sea solo mi impresión, pero Javier Lostalé, con el que he coincidido en algunos recitales y eventos poéticos, es un hombre sencillo, humilde, tranquilo, amigo de sus amigos, generoso… En definitiva, un hombre entrañable.

Con esa voz de radio, esa pausa en sus movimientos y, ahora que por fin lo he leído, esa sencillez en su poesía, puedo afirmar que Lostalé es uno de los poetas españoles más vivos que me suscitan un mayor interés. Este “Cielo” suyo así me lo ha demostrado.

Él mismo me dijo que se alegraba mucho de que hubiera leído este poemario, porque así me alejo de esos que lo identifican siempre con su libro más significativo, “Jimmy, Jimmy”. Aquel no lo he leído aún, pero este “Cielo” me ha gustado mucho, muchísimo.

La poesía de Lostalé es tal cual es él mismo (así lo he sentido yo, al menos). Una poesía real sobre la realidad del autor; sin aspavientos ni pretensiones que la alejen del lector, aunque no por ello simple; sencilla, como he dicho, pero desde esa sencillez tan complicada de lograr en este género; muy bien construida; una poesía profunda que invita a pensar y a pensarse, algo, al fin y al cabo, que debería ocurrir siempre que se lee este maravilloso género.

Prueba de estas palabras son algunos de los versos que comparto a continuación:

Del poema “Regresas”:

La luz que envuelve hoy tu casa,

mientras a ella regresas,

es la misma que un día te borró

en la dicha pasajera de saberte amado”.

Del poema “Náufrago”:

Entregado a los relámpagos de una piel,

ignoraste el latido permanente

de lo que en amor fue separado

tras la plena inundación.

Del poema “Crisálida”:

Crisálida es tu vida,

fuego sin advenimiento,

fecundación sin memoria.

Tan pura es tu quietud

que en eternidad te concibes.

No me digáis que no es una sencillez preciosa, que duele pero sana al mismo tiempo, que nos hace, sin casi darnos cuenta, empatizar con el dolor del poeta.

Al menos a mí me ha cautivado.

Lo que más me ha gustado: haberlo leído por fin, además de tenerlo dedicado y con un “Celebro también tu libro ganador del Antonio Gala que leeré” que me llena de orgullo.

Lo que menos me ha gustado: que he tenido que recorrerme mil librerías hasta que he encontrado un libro suyo. Será que no es influencer, que no ha salido en un talent show o que no tiene la fama suficiente…

“De nada te arrepientas:

tu existencia brilla ya

en su cielo completo,

allí donde la vida y la muerte

son la misma tiniebla blanca”.

Fragmento de “Cielo completo”, en “Cielo”,Javier Lostalé

Crítica: Este mar al final de los espejos

Título: Este mar al final de los espejos

Título: Este mar al final de los espejos

Autor: Marina Casado

Editorial: Torremozas

Premio Carmen Conde de Poesía 2020

Soy capaz de identificarme con pocos poetas. Por una parte, porque hacerlo con los grandes poetas que admiro y cuyo estilo puede ser un tanto parecido a la forma que tengo de escribir me da mucho reparo. Quién soy yo para compararme con esos y esas poetas que son historia de la poesía. En cuanto a los poetas jóvenes, me ocurre que hay algunos que pretenden dárselas de innovadores sin tener asentadas las bases. Para innovar en algo tan serio como la poesía no vale con hacer lo que a uno le venga en gana sin ton ni son, y hay muchos que así lo creen y, por desgracia, un sector de la poesía (con algunos premios de antiguo renombre que han perdido todo el prestigio) lo apoya. Quién sabe por qué. Con esos, aunque me corresponderían más por edad, no me identifico en absoluto. Sin embargo, sí hay una hornada de poetas jóvenes que escriben buena poesía sin tanta chorrada, con la tradición bien integrada, con respeto y con el conocimiento de un género tan complicado como el que nos ocupa. Entre esos y esas poetas jóvenes destaca, sin duda, Marina Casado

El primer libro que leí suyo fue “De las horas sin sol”, que me enamoró desde el primer verso y que reseñé hace poco: https://jorgepozosoriano.com/2021/09/22/critica-de-los-dias-sin-sol/ (sí, lo puse mal al principio y el nombre de la entrada sigue siendo incorrecto). En este libro ya vi un estilo con el que sí me identificaba, que me gustaba leer, que era, más o menos, similar a lo que yo escribía y que es ese tipo de poesía que disfruto leyendo. Un regalo, vaya, en toda esta vorágine de poetas de tres al cuarto que, encima, van de poetas consagrados.

En este libro que hoy os traigo, ese estilo, que es el de Marina, me ha vuelto a hacer disfrutar mucho de la poesía. A través de sus distintas partes, Marina se coloca frente a diversos espejos y se muestra frágil y vulnerable, se expone al lector sin escudos ni argucias, tal cual es y cual es siente. El hueco. La herida. La poesía. Espejos arrastrados por mares o mareas que arrastran, al mismo tiempo, a la autora. Que nos arrastran, por su sinceridad, a quienes la leemos.

“Habrá un hueco erigido de nostalgias,

una herida sin tiempo

                                           y la poesía,

la poesía que vino a salvarme la vida.

Mi vida: tres espejos

y al final este mar que a todos nos aguarda”

(De “Tres espejos sonámbulos”).

Como ya hablé de ella al reseñar “De las horas sin sol”, no quiero enrollarme más. No soy un estudioso de la poesía ni mis reseñas van en esa línea. Tan solo soy un lector feroz de poemas, un insaciable descubridor de poetas que habla de lo que le gusta y lo que no sin dármelas de erudito y sin usar palabras gigantescas para esconder las mil carencias que tengo. A la poesía, creo, se llega a través de la sencillez, y eso nadie me lo arrebatará nunca, por muchas trabas que me encuentre en el camino.

Seguiré leyendo a los grandes y, con alegría, descubriendo a poetas que ya son grandes para mí, también como personas, como es el caso de mi amiga Marina Casado.

Dicho esto, voy con mi análisis con lo que más y lo que menos me ha gustado del libro.

Lo que más me ha gustado: me quedo con ella, con Marina. Con su poesía, por supuesto, pero, por encima de todo, con la persona. Porque sé que, aunque nos hayamos conocido hace poco, compartimos mucho en común y, estoy seguro, compartiremos muchas más que están por venir.

Lo que menos me ha gustado: que este poemario, digno ganador del Carmen Conde, no corriera la misma suerte en uno de esos premios que van de importantes y que están, por desgracia, absolutamente denostados.

¿Conocéis a la autora? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“La ausencia ocupa un hueco exacto

entre los huesos.”.

Fragmento de “Rigidez articular”, Marina Casado

Crítica: El vuelo infinito

Título: El vuelo infinito

Título: El vuelo infinito

Autora: Fran Pintadera

Ilustradora: Alejandra Acosta

Editorial: Kalandraka (Colección Orihuela)

Que la Colección Orihuela de Kalandraka es una maravilla en todos los sentidos posibles no es nada nuevo ni voy a ser yo quien lo descubra (además, ya lo he dicho varias veces), pero creo que es necesario ponerla en la palestra siempre que se pueda.

Lo es porque es una colección absolutamente necesaria en la poesía infantil en castellano. Lo es por los autores y autoras tan espectaculares que dan forma a la colección. Lo es porque, también, las ilustracionesson siempre una delicia. Y lo es porque la edición es siempre perfecta. ¿Qué más se le puede pedir? Pues sí, habéis acertado, yo, por pedir, pido formar parte de esta colección algún día… De ilusiones se vive, dicen, ¿no?

Este “El vuelo infinito” es una preciosidad. Poemas de una sutilidad y belleza evidente que nos llevan a pensar en libertad, en viajes, en peligros, en encuentros y reencuentros, en la calma del vuelo, en la inmensidad del cielo. Poemas muy bien creados que hilan una historia para la que son necesarias las alas, porque son versos aéreos, tan livianos como el aire.

De norte a sur, preparando la partida, recreándose en el viaje, estas aves migratorias nos hacen ser partícipes de su vuelo, que es infinito, igual que no tiene fin nuestro periplo vital, aunque nuestros pies rara vez se despeguen del suelo.

Qué bonito es viajar a través de la poesía.

Qué bonito es este libro.

Lo que más me ha gustado: que se lee de una sentada (y recomiendo hacerlo así) y, de verdad, formas parte del viaje que Fran Pintadera nos regala.

Lo que menos me ha gustado: no es algo que no me haya gustado a mí, pero sí he visto en varios peques a los que se lo he enseñado que las ilustraciones dan un poco de “yuyu”. A mí me parecen maravillosas, pero, en los más peques, generan un poco de miedo. Quizás es porque no es un libro para los más peques, pero es lo único que puedo apuntar en esta parte, porque, insisto, a mí me parece un libro precioso.

¿Qué os parece a vosotrxs la poesía infantil? ¿Conocíais esta colección? 

DESPEGAR

“Como sonreír

mientras te desperezas.

Como trepar a un carbol

y mancharte de chocolate.

Como el sonido de los aspersores

regando el verano.

Algo así es alzar el vuelo”.

Fran Pintadera

Crítica: En las praderas del fin del mundo

 Título: En las praderas del fin de mundo

Autor: Andrea Cote

Editorial: Valparaíso

Estando en la Feria del Libro de Madrid, escuché hablar y recitar a varios y varias poetas de Colombia(país invitado) y aproveché la ocasión para hacerme con el libro de una de ellas, el que hoy os traigo.

Fui a la caseta de Valparaíso, donde conocí a Jota Santa Tecla y a Elízabeth Echemendía, y me llevé este “En las praderas del fin de mundo”, de Andrea Cote, que acabo de terminar.

No es la primera vez que digo que me gusta mucho leer a autores de Iberoamérica, que me gusta mucho lo bien que usan el lenguaje, lo cuidadosos que son con nuestro idioma compartido, lo que me encanta encontrarme palabras o expresiones que aquí no se usan. Siempre que leo poesía latinoamericana (si es buena, como es el caso) me fijo mucho en esos detalles, y este libro de esta poeta colombiana es una buena muestra.

Un poemario sencillo y sincero, dedicado a su hijo, con todo el peso de la mayor de las fuerzas: la maternidad. Eso ya sería suficiente, pero, además, la poesía de Andrea Cote nos acoge, también, a quienes no somos sus hijos, quizá por esa sencillez, quizá por el amor, quizá, simplemente, por la poesía.

Como apunta mi admirada Raquel Lanseros en la contraportada, es “un libro sanador y germinativo”. Sanador porque nos hace reencontrarnos con esa infancia nuestra, tan lejana como, precisamente por eso, muchas veces dolorosa. Germinativa porque una madre es la Naturaleza en sí misma, porque no existe amor más puro que el amor maternal.

Me ha gustado mucho. Breve, pero suficiente. Intenso. Trabajado. Y, por si eso fuera poco, dedicado por la autora.

Para que conozcáis un poco mejor la poesía de Andrea Cote, os dejo algunos de sus versos:

Del poema Pastor del sol

Contemplo,

hijo,

la tribu de tus dones,

los que habrás de perder.

Del poema En las praderas del fin de mundo

En las praderas del fin del mundo,

de las láminas ajadas de los cuerpos,

se desclavan, una a una, las partículas de polvo

que engulle el viejo sol, único dios íntegro.

Del poema En su destierro

Una neblina unánime,

del color de los huesos,

lo va cubriendo todo.

El caso es que, ahora que los copio, me doy cuenta de que hay un léxico en común con mi poesía… Pero eso tendríais que descubrirlo vosotros mismos.

Dicho esto, voy con mi análisis con lo que más y lo que menos me ha gustado del libro.

Lo que más me ha gustado: seguir sumando poemarios, seguir aprendiendo de buenos y buenas poetas, seguir estableciendo conexiones poéticas, seguir viviendo, en definitiva, la poesía como siempre he querido hacerlo.

Lo que menos me ha gustado: quizás, algunos poemas que no han terminado de sacudirme, pero esto no es algo que me preocupe cuando el balance global es tan positivo.

“La guerra trabaja para el desierto”.

 Fragmento de “Niebla”, Andrea Cote