Las sirenas que siempre estarán juntas

No era mi intención hablar de este tema, pero los comentarios que he estado leyendo y los ataques hacia la persona de quien voy a hablar y hacia mí mismo me “obligan” a hacerlo.

Voy a hablar de un tema que, de forma incomprensible (al menos para mí), se ha convertido en un debate con una parte de las opiniones muy exageradas, muy agresivas y del todo absurdas.

Me refiero a la ilustración de las dos sirenas con el lema “Siempre juntas” que @madebycarol creó como homenaje y muestra de afecto ante al atroz crimen de Anna Y Olivia.

Muchísimas personas (muchas más que las que están en esa opinión exagerada, agresiva y absurda), entre las que me incluyo, compartimos la imagen cuando se supo el desenlace del caso.

Lo hicimos (al menos, yo lo hice) porque la noticia nos destrozó y porque esa imagen, y así lo dije en la publicación de su autora, aportaba dulzura a unos hechos tan monstruosos.

A partir de ahí, he leído de todo.

Que el crimen no tiene nada de dulce (¿en serio alguien entiende que se describe el crimen como dulce?).

Que es oportunista.

Que busca lucrarse con una tragedia (lucrarse, ¿con qué?).

Que edulcora el crimen, lo vuelve romántico, que las niñas no son sirenas, que ellas no querrían haber sufrido este desenlace… 

Que la madre no podría soportar ver a sus hijas como dos sirenas, como dos seres propios de la fantasía. Quizá prefiriera imaginárselas como en realidad ha ocurrido… (Es de locos el argumento, en serio).

De verdad, se nos va de las manos.

Qué forma más innecesaria de buscarle tres pies al gato, de polemizar y de atacar a una artista que, desde su creatividad, su talento y su afecto, ha querido poner una nota de color a un suceso tan gris.

¿Alguien me puede explicar de dónde nacen esos comentarios tan dañinos?

Nadie puso el grito en el cielo con los millones de “pececitos” que inundaron las redes con aquel otro crimen que no sacudió hace años. No se dijo que eran de mal gusto, que quienes lo compartimos éramos poco más que cómplices del asesinato, que estaban fuera de lugar, que un dibujo no tenía sentido, que el niño no era un pez…

No he visto a nadie tachar de oportunistas, por ejemplo, a los integrantes de “La oreja de Van Gogh” ni a su canción “Jueves”, que cuenta una historia de amor en los trenes del 11-M, donde murieron casi 200 personas (¿os acordáis? “Si fuera más guapa y un poco más lista. Si fuera especial, si fuera de revista”). No se les preguntó cómo eran capaces de hablar de amor en una tragedia semejante. No se les criticó que quisieran aportar su arte y su música para homenajear a las víctimas.

Tampoco vi quejas ni insultos hacia quienes pegaron en sus ventanas millones de arcoíris cuando la pandemia en la que aún estamos se llevaba por delante a 300, 400 o 500 y hasta más de 800 personas diarias. Nadie argumentó que un arcoíris es un símbolo de alegría y buena suerte y que no tenía cabida en un momento tan horrible.

Insisto, ¿alguien me explica de dónde sale tanto odio en este caso de las sirenas?

Puestos así, dejemos de llevar flores a los muertos, porque las flores son coloridas, rebosan vida y nadie quiere flores cuando está hundido.

Puestos así, no hagamos nada por tratar de encontrar la forma de quitarnos de encima un poco de sufrimiento.

Puestos así, sigamos usando las redes, en lugar de para hacer red como sinónimo de comunidad, para escupir odio.

La violencia nunca se venció con más violencia.

El arte, desde el principio de los tiempos, ha servido y sirve para expresarnos, para encauzar el dolor y el sufrimiento, para acompañar, para sanar.

Escribo esta entrada para zanjar el tema aquí.

Quien no entienda mi opinión, que vuelva al inicio y la lea de nuevo.

Gracias a todas esas personas desinteresadas y talentosas que emplean su creatividad para hacer cosas bonitas, a pesar de tener que enfrentarse, como ha sido el caso, a ese vómito inherente a las redes sociales.

Esto es todo lo que tengo que decir.

“Es mi deber expresar los sufrimientos de las personas, los sufrimientos que nunca terminan y que son tan grandes como las montañas”.

Käthe Kollwitz

Crítica: Territorio de luz

Título: Territorio de luz

Autor: Yuko Tsushima

Editorial: Impedimenta

Este libro me interesó desde la primera vez que lo vi. En este periodo oriental en el que estoy como lector, fui a la preciosa librería “Amapolas en octubre”, le expliqué a Laura lo que buscaba y me dio este libro y “Kitchen”, de Banana Yoshimoto (que leí y reseñé hace poco). Me fui de allí tan contento, qué os voy a decir. Es rara la vez que Laura no acierta.

Además, Impedimenta es una de esas editoriales que siempre me llaman la atención. Ediciones bonitas de títulos y autores muy interesantes. Normal que no me pudiera resistir.

Empiezo diciendo que este libro ha cumplido la principal función que le pedí: seguir dejándome entrar en la literatura oriental. Japón. Soledad. Relaciones complicadas y casi en la distancia. Y es un buen libro. Y la pluma de Tsushima es, por algo, una de las más respetadas en la literatura japonesa. Pero (¿se veía ya que venía un “pero”?) no me ha terminado de encantar.

No sé si ha sido porque esperaba que ocurriera algo que no ocurre. Que los saltos en el tiempo tan frecuentes me han descolocado más de la cuenta, sacándome, en ocasiones, de la lectura. El caso es que, al terminarlo, me ha dejado un poso escaso y me ha llevado a hacerme dos preguntas. La primera, “¿y así es como acaba?” La segunda, “¿cuál es la historia?”

En un resumen muy simple, “Territorio de luz” es la historia de una mujer que vive en Tokio con su hija pequeña después de separarse de su marido. Puede que yo sea algo más exigente, pero es que esa es la historia. No hay más. Algunos personajes muy secundarios de los que apenas me acuerdo. Situaciones algo duras en cuanto a la forma de relacionarse la protagonista con el resto, incluso su hija. Y, sí, aborda temas como la soledad, el rechazo de una parte de la sociedad hacia una mujer separada y la forma en que cría a su hija, la importancia de los refugios… Pero, no sé, no me ha aportado mucho, si os soy sincero.

Puede ser, también, que todos los libros que he leído en esta fiebre oriental me han gustado tanto que este se me ha quedado un poco corto. Quizá sea cosa de las expectativas.

Dicho esto, ahí voy con mi análisis.

Puntos fuertes:

La dureza: no esperaba que fuera un libro tan duro, sobre todo en esa relación materno-filial, y eso sí me ha impactado (aunque, ahora mismo, no es lo que más me apetece leer).

Las descripciones: sin ser espectaculares, están bien construidas, y eso es algo que siempre agradezco. 

Tokio: viajar a Japón, aunque sea a través de la literatura, es un placer muy agradable.

Lo que más me ha gustado: el descubrimiento de autores orientales que no había leído hasta ahora y la continuidad en esta inmersión que estoy haciendo en su literatura.

Lo que menos me ha gustado: además de lo que he descrito en el cuerpo de la reseña, hay algo que me ha “molestado” un poco. En la contracubierta se indica que Margaret Drabble (novelista y crítica literaria inglesa) afirmó que esta historia era “equiparable a cualquier obra de Virginia Woolf”, y, me vais a perdonar, pero… 

Mi sensación final es que no es un libro que vaya a recordar más de lo necesario. Estoy muy contento por haberlo leído y he disfrutado durante una buena parte de la lectura. Hay momentos en los que el lenguaje me ha gustado mucho. Pero, si tengo que elegir o recomendar libros de autores orientales, no creo que este sea uno de ellos. 

“Yo quería afinar su capacidad para percibir la felicidad”.

Yuko Tsushima, Territorio de luz