Crítica: Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria.

Título: Agua y jabón. Apuntes sobre elegancia involuntaria

Autor: Marta D. Riezu

Editorial: Anagrama

Hacía tiempo que no empezaba una reseña así, peri tengo que hacerlo…

MA-RA-VI-LLA.

Qué preciosidad de libro, cuántas conexiones tan brutales, qué forma más preciosa de volver a la infancia, qué cantidad de anécdotas tan interesantes, qué manera de verme reflejado en tantos momentos… ¿Cómo me ha podido llegar este libro justo en este momento? Gracias al club de lectura que organiza mi queridísima María y que junta de vez en cuando a apasionados de la lectura, como lo es Mara D. Riezu.

Porque estoy justo en esos momentos que la autora pone en alza. En el momento de la pausa, del sosiego, de la tranquilidad (“Desde que cumplí los treinta, mi palabra favorita es tranquilidad”), del silencio, del cobijo, de la lectura y la música… de disfrutar esas pequeñas cosas que antes, por ir más allá, no me permitía el lujo de abrazar.

Y el tema de la madre ya… pues eso, que no he podido conectar más con ese tema. Por poneros un par de ejemplos sobre lo que Marta D. Riezu dice sobre su madre y sobre las madres:

“No hay nada menos ella que un cementerio”.

Y, citando a André Maurois: “Gracias a él (al amor materno) uno sabe que el mundo no es por completo hostil, que hay seres en quienes puede tenerse una confianza plena. Es una inmensa ventaja moral haber comenzado así la vida. Los optimistas que a pesar de las desgracias conservan hasta el fin su fe fueron, por lo general, educados por una buena madre”.

Y yo, recordando a mi madre, qué queréis que os diga, me derrito.

Y este es el libro que Marta nos ofrece. Un compendio de vivencias, pensamientos, opiniones, anécdotas, curiosidades, recuerdos, consejos… Un estante con todos esos compartimentos regado, además, con una muy buena dosis de humor y un montón de referencias literarias, artísticas, arquitectónicas, cinematográficas o del mundo de la moda que te empujan a querer saber más, conocer más, aprender más…

Una joya a la que volver para disfrutar de nuevo de todo lo que hay en sus páginas, para volver a nosotros mismos, a nuestra esencia, a la raíz, al origen, al útero.

Una preciosidad que, como digo, releeré y que, también, recomendaré y regalaré, porque es una delicia.

Lo que más me ha gustado: el retorno a mi infancia, a mi niñez, a mis recuerdos, a mi madre… 

Lo que menos me ha gustado: tan solo un par de comentarios políticos que, en mi opinión, no eran necesarios y me han chirriado un poco. Solo eso. El resto, un diez.

“El silencio es encontrar a ciegas el pecho de la madre”.

Marta D. RIezu

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Crítica: Las ballenas de 52 hercios

Título: Las ballenas de 52 hercios

Autor: Sanoko Machida

Editorial: Hermida Editores

Premio de los Libreros de Japón

Que la literatura asiática me fascina no es nada nueva. Que tuve mi momento de “fiebre asiática lectora” en la que solo leía literatura de escritoras asiáticas (creo recordar que solo leí un Murakami y que el resto eran mujeres) ya lo he contado varias veces. Y la fiebre, ya se sabe, vuelve de vez en cuando, aunque sea en ráfagas fugaces.

Eso es lo que pasó aquí, que me dio un leve brote de fiebre.

El libro, como otras tantas veces, me estaba esperando. Fue en Taiga, antes de ver la presentación que hizo allí Guillermo Borao de “La sastrería de Scaramuzzelli”. Me paseé por las estanterías y allí estaba, mirándome (literal, como si tuviera ojos), esperando a que lo agarrara y diera buena cuenta de él. Incluso me pareció escucharle decir que lo leyera pronto y, por supuesto, que lo reseñara.

Y yo, ya sabéis, cuando los libros piden… voy con todo. Qué flojo soy…

Fuera bromas, el libro sí estaba en Taiga, con la cubierta bien visible, con ese precioso amarillo, el nombre claramente japonés de la autora, con ese título tan magnético, con el apoyo de ese premio de los libreros japoneses… ¿Qué iba a hacer?

Tuve que dejar en espera los setecientos cuarenta y tres mil quinientos doce libros pendientes que tengo, pero lo he leído en unos pocos días. Menos mal que los largos trayectos en metro al trabajo puedo hacerlos leyendo y se me pasan en un suspiro.

Y qué bonito. Qué duro. Qué sutil. Qué manera tan elegante de narrar unos hechos tan grises. Porque la esencia del libro (al menos, en mi opinión) es la soledad a la que algunas personas se ven (nos vemos) empujadas algunas veces a vernos, sentirnos y/o querernos solos; esas vivencias que nos hacen una heridatan profunda que nos ahogamos en ellas y no logramos alcanzar sus bordes; esos surcos que nos agrietan la piel hasta convertirla en un desierto. Todo contado como solo saben hacer los autores japoneses. Y en toda esa tristeza, en todo ese dolor, en todo ese sufrimiento… el lenguaje, la armonía de las palabras, la esperanza en los pequeños detalles, en esas pocas personas que nunca fallan, en la fe en uno mismo.

A la voz de Sonoko Machida no le pasa como a las ballenas de las que habla, esas cuyas voces no pueden ser percibidas. Su voz es potente, seductora, atraviesa cualquier océano que se le ponga por medio.

Me ha encantado, no puedo decir otra cosa. Me encanta volver a la literatura oriental de vez en cuando y descubrir nuevas joyas, como esta.

Lo que más me ha gustado: viajar, como ocurre cuando se leen buenas historias que ocurren en lugares extraños. Y recordar. También recordar. 

Lo que menos me ha gustado: aquí tengo que mencionar dos puntos. Uno mío, personal, y otro ajeno a mí. El mío es que, entre los nombres y las fórmulas de cortesía japonesas, me he perdido un poco algunas veces. La que no tiene que ver conmigo es que he encontrado demasiados errores ortotipográficos (acentuación, puntuación, perífrasis verbales mal usadas, imperativos mal construidos, varios errores con las rayas en los diálogos…). No puedo evitar que me salga la vena de corrector y se me van los ojos a los fallos. No es que el libro esté plagado de fallos, pero sí hay más de los que pueden pasar como erratas.

“Aquella culpabilidad iba y venía como el oleaje”.

Las ballenas de 52 hectáreas, Sonoko Machida

Crítica: La sastrería de Scaramuzzelli

Título: La sastrería de Scaramuzzelli

Autora: Guillermo Borao

Editorial: Roca

Un libro bien escrito ya merece ser leído. Porque, no. No todos los libros están bien escritos, del mismo modo que no todos los escritores escriben bien. No me refiero a nada que tenga que ver con gustos ni preferencias, sino con el hecho de escribir. Con la ortografía, la gramática, la puntuación y, sobre todo (entendiendo que un escritor ha de hacerlo sin errores de ese tipo, aunque tampoco sea cierto) el lenguaje. Un libro escrito con un lenguaje cuidado, trabajado, pensado, seleccionado con mimo… Si eso ocurre, el libro ya tiene mucho ganado.

Si, además, por supuesto, la historia es interesante, los personajes son interesantes, sus interacciones son interesantes, las localizaciones son interesantes… Si eso ocurre, el libro ya tiene todo lo que tiene que tener. Está completo.

Y este libro está muy bien escrito porque Guillermo Borao escribe muy bien. Porque cree en la belleza del lenguaje y la muestra en cada frase. Porque cree en la fuerza de las palabras y las elige con pausa. Porque cree en la poesía, en el lenguaje poético, y lo pone al servicio de su prosa.

Y este libro, también, nos trae una historia, unos personajes (qué personajes), unas relaciones humanas y una localización que son una maravilla.

Porque Barros Scaramuzzelli. Porque Mercedes. Porque William Langhorne. Porque Leonardo… Qué bien comparten sus distintos protagonismos. Cómo son capaces de transmitirnos amor, celos, envidias… Y cómo nos muestran la forma en la que el poder y las apariencias (por parecer poderosos) ensombrecen a la humanidad hasta que todo se vuelve gris. 

Porque Tonleystone y la facilidad con que estamos allí, recorriendo sus calles, siendo un personaje más que observa, también, desde las ventanas. Y qué bonito es imaginarse allí, sobre todo si somos amantes confesos (como es mi caso) de todo lo que tenga que ver con el Reino Unido.

Da gusto, qué os voy a decir, saber que existen autores jóvenes que quieren escribir bien, que saben escribir bien, que no están más en la cantidad, sino en la calidad. 

Por suerte, además, contar con algunos detalles que solo quienes conocemos al autor sabemos, comprender mejor a algunos personajes, su forma de encarar la vida, lo que realmente importa en la historia es un regalo, y la historia se disfruta aún más.

Ya sabéis que, cuando reseño, no destripo los libros, sino que os cuento las impresiones que he tenido al leerlo, señalo algunos aspectos que me parecen importantes y os dejo algunos comentarios para que decidáis por vosotros mismos si os interesa el libro o no. Sabéis, también, que no reseño libros que considere malos porque, directamente, no los leo. Sabed, por último, que estoy seguro de que, si os gusta este tipo de novelas, la vais a disfrutar. Por lo preciosa que está escritaPor lo buena que es la historia. Hacedme caso.

Lo que más me ha gustado: esto está siendo más habitual de lo normal (qué le voy a hacer), pero he de volver a decir que, aunque haya puntos que me encantan, como el lenguaje, el personaje de Barros Scaramuzzelli o todo lo referente a la luz, me quedo con que, gracias a este libro y a la Feria del Libro de Murcia, pude conocer a Guillermo y contarlo ya entre mis amigos.

Lo que menos me ha gustado: por decir algo, diré que, al no estar ahora mismo tan habituado a leer novelas tan largas, me ha costado un poco tener la constancia que requiere. Tendré que volver a coger ritmo.

¿Conocíais el libro? 

Gracias y un abrazo para todos.

“Las historias terminan donde terminan la esperanza o la incógnita”.

Guillermo Borao, “La sastería de Scaramuzzelli”.

Crítica: La casa grande

Título: La casa grande

Autor: Rosana Acquaroni

Editorial: Bartleby Editores

Llegué a Rosana Acquaroni por esa maravillosa antología a cargo de Manuel Francisco Reina llamada “Mujeres de carne y verso”, una rosa de los vientos para ubicarse en lo mejor de la poesía escrita por mujeres en castellano que debería estar en todas las bibliotecas del mundo. Allí pude leer algunos poemas de “la Acquaroni” que ya me cautivaron, pero no ha sido hasta ahora cuando me he tomado en serio leerla con mayor detenimiento, con más pausa.

Yendo a una librería –como acostumbro a hacer– solo para ver la sección de poesía, la mirada de la Rosana niña de la cubierta (qué foto más preciosa) se clavó en mí, pidiéndome que la llevara conmigo. Y así hice. Y qué acierto. ¿Sabéis esos poemarios que te quiebran un poco los talones? ¿Esos como “Los trescientos escalones”, “Toco la tierra”, “La paternidad de Darth Vader”, “Travesía”, “El libro de Lilit”, «Welcome to mí» o “De las horas sin sol”? Ese es otro de esos libros. Otro que se va a mi lista de poemarios favoritos, de los que recomendaré siempre, de los que regalaré, a los que volveré una y otra vez.

Porque los buenos poemarios cuentan historias, nos incluyen en ella y nos hacen atravesar las vivencias de quienes los escriben. Y menuda historia hay en este libro. Y qué preciosidad de poemas para contarla. Qué regalo nos ofrece Rosana Acquaroni revelándonos este secreto familiar. Qué grande hay en la poesía, amigos y amigas, cuando la poesía es grande.

Por suerte, además, he tenido el inmenso honor de conocerla, de escuchar a Luis Rosales en su voz, de conversar un ratito con ella y de traerme el libro a casa con una dedicatoria que le suma aún más al libro. Ella fue, también, quien me dijo que escuchara el primer episodio del podcast “De eso no se habla”, titulado “Preguntan por ti”, en el que habla de esta historia de “La casa grande”, de la historia de su madre (historión) y del porqué de este libro.

¿Tengo que decir, de nuevo, la felicidad que le debo a la poesía?

Como acostumbro a hacer con los poemarios que leo, os dejo algunos versos como muestra, por si os animáis a haceros con el libro y leerlo completo (creedme, en esta ocasión, no hay riesgo de equivocación).

“De la casa grande

solo recuerdo aquel armario blanco

encallado en aquel largo pasillo

como en un río encajonado y pedregoso

Un útero vacío que no sangrase nunca

y alumbrara por dentro”.

“Y es así como encuentro la tibieza

de una madre que sangra en otra herida, 

que prende en otro cuerpo de mujer”.

“Cuando abres los ojos 

todo se desvanece.

Has cumplido de pronto veinte años

y te han dejado sola,

en el instante mismo en que la vida

nos suelta de la mano

                                        para siempre”.

“Este es mi oro, madre,

un cuerpo de mujer hecho palabra,

cartomancia de pájaros e insectos

–su abanico de alas deslumbrantes–

señalando caminos.

Una vez me dijiste:

No hay edad suficiente para acallar la infancia.

Y mi espejo se empaña cada vez que te nombro”.

Venga, que alguien se atreva a decirme que no te estremece… 😉

Lo que más me ha gustado: todo. Sin peros. Sin quitar un solo espacio entre palabras. 

Lo que menos me ha gustado: que haga falta, a veces, vivir algo duro para que existan historias que contar.

¿Conocéis a la autora? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Nada me pertenece.

Ni siquiera el olvido”.

Rosana Acquaroni, La casa grande

Crítica: Pepper Seed

Título: Pepper Seed

Autor: Malika Booker

Editorial: Valparaíso

Creo que no es la primera vez (ni creo que sea la última) que digo que es un hecho que me estoy perdiendo poesía de otros países por mi “manía” de leer poesía escrita en castellano. Sé que es así y sé que no debería serlo, pero no puedo luchar contra mis gustos. Al menos, no siempre.

El asunto cambia si pongo un poco de mi parte y “me fuerzo” a leer a poetas que escriben otros idiomas (a ser posible, que pueda leer tal y como los escriben) y si las traducciones son buenas, algo que Valparaísogarantiza siempre.

Llevo ya varios poemarios de autores y autoras que escriben en inglés y, la verdad, aunque no se ajustan a esos requisitos tan estrictos que tengo cuando leo poesía, hay que reconocer que son muy potentes, que está bien leer poemas diferentes a lo que se suele leer y, desde luego, que hay temáticas e imágenes que no dejan indiferente en libros como este “Pepper Seed”.

Porque es un libro crudo, como la vida de su autora. Un libro en el que se puede sentir el dolor, escuchar los gritos de desesperación, oler la sangre. Un libro que supone un escalofrío, una mueca de angustia, un alarido. Un libro que estremece.

Y a mí, como ya sabéis, me gusta que me duela la poesía. No me importa en absoluto esa poesía vacía de todo, es (en mi opinión) mal llamada “poesía de la experiencia”, porque no supone ninguna experimentación. La poesía tiene que ser aguja, tiene que ser puñal, tiene que incrustarse bajo la piel del lector. Si no, es otra cosa. Tendrá otro nombre. Pero –como siempre he defendido y defenderé– no es poesía.

En este libro se habla de maltrato, de machismo, de crueldad, de abusos, de violencia, de desamparo. Se habla de víctimas y de culpables, y de cómo las víctimas arrastran el dolor recibido durante toda su vida, durante cada verso, a través de los poemas. Porque la poesía es eso, un conductor de emociones, un vehículo en cuyo interior se vierte todo aquello que queremos hacer llegar a otras partes, sacar de nosotros, compartir, tratando de que sea más llevadero tanto para quienes la escribimos como para quienes puedan leernos.

Para abrir apetito, os dejo algunos de los versos que más me han gustado/impactado:

Del poema Salsa picante

Me dijeron que le separó las piernas y le dijo:

Voy a enseñarte que me robes, señorita.

Oí decir que sacó una cucharada de salsa de un cuenco blanco

y se la metió a la nieta en lo más hondo del coño.

Oí decir que se oyeron gritos en la casa durante todo el día.

Del poema Las hormigas rojan pican (algunos fragmentos)

Serás una puta como tu madre

me decía la abuela todo el tiempo

como si dijera buenos días.

[…]

Mi padre era todo para ella,

mi hermano, su mundo.

Sus hijas solo recibían insultos.

[…]

No puedo mencionar aquellas palabras clavadas para siempre,

no puedo hablar de los hombres bajo quienes permanecí indiferente,

tus palabras marcadas en la piel

de entre mis muslos, las piernas abiertas como una puta.

No me digáis que no golpean con una fuerza descomunal…

Dicho esto, voy con mi análisis con lo que más y lo que menos me ha gustado del libro.

Lo que más me ha gustado: la facilidad con la que todo ese dolor ha sabido llegarme, cómo he podido ser protagonista de todo ese sufrimiento, comprenderlo para, sin hacerlo propio, apiadarme de él.

Lo que menos me ha gustado: quizá un poco denso para tratar temas tan duros, pero solo es un quizá… 

¿Conocéis a la autora? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Estoy al borde de este acantilado esperando que

los huesos

se levanten y reclamen sus nombres”.

 Fragmento de “Saltadores”, Malika Booker

Crítica: Los nadies

Título: Los nadies

Autor: William Alexander González Guevara

Editorial: Hiperión

XXV Premio de Poesía Joven “Antonio Carvajal”

Mi historia con William es, permitidme que lo diga, una historia muy bonita. Para resumir e ir a lo que importa –este librazo–, diré que me pidió una entrevista para El Generacional cuando gané el Antonio Gala el año pasado, que la siguiente persona a la que entrevistó fue a Marina Casado, hoy una de mis personas fundamentales y una de mis poetas favoritas, y que, después de eso y de vernos en algunos encuentros literarios, nos reencontramos, una vez más, gracias a la poesía. Esta vez, eso sí, a la suya.

Y qué manera de empezar en esto de la poesía, William. Ya no solo por el premio, que también (de esto de los premios hablamos en esa entrevista), sino por el pedazo de poemario con el que te has estrenado. Qué bestia para tener la edad que tienes y ser lo primero que publicas. Qué recorrido más prometedor tienes por delante…

Supongo que esto pasa (y aquí voy a elucubrar como me apetezca) por varios motivos. Sin que el orden importe, William es una persona que tiene los tres elementos fundamentales para ser un buen poeta: una es el talento innato (no, no todo el mundo puede escribir bien poesía); otra es lo que ha leído, lo que ha escuchado, lo que se ha interesado por saber y por aprender (no, no todos los “poetas” lo hacen); y otra es ser un currante y ser muy exigente consigo mismo. Esos tres puntos, cumplidos de sobra. Si a todo esto, además, le sumamos que su vida, a pesar de su corta edad, es ya una vida muy larga, es difícil que el resultado no sea tan bueno como el que encontramos en este libro.

Porque este es uno de esos poemarios que no tendrían que haberse escrito porque implican sufrimiento, pero que, una vez ahí, es necesario escribir. Ya sabéis eso que Félix Grande escribió para el libro (librazo) La paternidad de Darth Vader, del tan querido y admirado por William y por mí Manuel Francisco Reina, eso de “hay que poner al dolor a trabajar al servicio de la vida”. A esta maravilla de consejo, yo le sumo que, si ese dolor lo experimenta un poeta, también hay que poner al dolor a trabajar al servicio de la poesía, o poner a la poesía a trabajar en contra del dolor. No sé cuál de las dos opciones sería más acertada.

En este poemario, como digo, hay sufrimiento, hay dolor. Hay injusticia, denuncia, hambre, tristeza, nostalgia… pero, también, hay amor, hay fortaleza, resiliencia, lucha, hermandad. Y hay mucha y muy buena poesía, con todas sus armas afiladas y a punto, con sus escudos y armaduras, también, protegiendo al poeta.

Y yo me alegro mucho de que el primer libro de William, este maravilloso Los nadies, llegue de esta forma tan potente. Con premio. Con esta editorial. Con esta edición. Porque, no, tampoco los premios son siempre justos, pero es buenísimo saber que a veces sí lo son, como es este caso, y que se premia calidad, compromiso y buena poesía.

Enhorabuena, William. Por este y por el reciente y prestigiosísimo IV Premio de Poesía Ruiz Udiel. Me hace muy feliz que la vida, también, sea capaz de sonreírte.

Lo que más me ha gustado: ¿hace falta decir algo más? Leed el libro y veréis que es un libro espectacular.

Lo que menos me ha gustado: justo eso de lo que hablo, saber que, a veces, detrás de un poemario bueno hay dolor y sufrimiento, más aún cuando se trata de alguien a quien se tiene cierto cariño. 

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“¿Habrás echado de menos tu patria?

Sabes de lo que hablo,

ese sabor amargo de nostalgia”.

 Fragmento de “Prefacio”, William Alexander González Guevara

Crítica: Como nace el agua

Título: Como nace el agua

Autor: Andrés París

Editorial: Huerga & Fierro

Leer a amigos a los que se tiene cariño es, a veces, un arma de doble filo, casi más aún si se trata de poesía, un género con el que, como sabéis, soy muy exigente, conmigo y con los demás. Siempre que me asomo a los versos de personas a las que quiero, lo hago con cierto miedo. ¿Me gustará? ¿Veré calidad? ¿Seré capaz de opinar con honestidad, empatía y, sobre todo, objetividad?

Eso fue, precisamente, lo que me pasó cuando abrí este libro de Andrés por primera vez. Aunque ya sabía que había –que hay– un poeta hecho, sus palabras de advertencia sobre su propio poemario me hicieron suspirar antes de hincarle el diente. Ya en la dedicatoria indica que ve distante este tercer poemario. Sé, por lo que me ha dicho en alguna ocasión, que ha encontrado esa “madurez” que todos los poetas buscamos (quizá, demasiado pronto) ahora. Que su mejor libro, con diferencia, es ese esperado “Donde el azul del mundo”, con el que acaba de ganar el “II Premio Internacional de Poesía Joven Antonio Santano”(¡enhorabuena!). Y puede que sea así, pero, ¿qué es un poeta sin sus inicios, sin esa primera búsqueda de su voz? 

Y empecé a leer. Y, sí, aunque vi algunos dejes de un poeta que se estaba haciendo (pocos y discutibles, como casi todo en esto de la poesía), se ve, de forma clara, que hay poeta. Por la sensibilidad. Por laoriginalidad (Andrés, además de poeta, es bioquímico, un hombre de ciencias amante de las letras). Por imágenes preciosas como “El mar se ahorca cada noche” o ese “corazón, primero de nube/y de rojo por herir después”

Hay poeta, sí, porque siempre lo ha habido. Y es un gusto leer a Andrés París sabiendo de cerca, además, de toda esa sensibilidad, esa mirada de niño voraz de aprendizajes, esa generosidad, esa humildad tan poco habitual entre muchos de esos “nuevos jóvenes poetas” que caminan levitando entre tertulias y recitales, como si hubieran inventado ellos la poesía o como si fueran la única bandera de poesía joven existente. Andrés tiene la calidad y tiene las cualidades, así que, estoy seguro, seguirá creciendo aún más y mostrando que tiene mucho que decir en su labor como poeta, además del maravilloso trabajo que está realizando en el campo científico.

Ya sabéis que no me gusta analizar los poemarios más allá de dar un par de pinceladas sobre ellos y sus autores o autoras, además de mostrar algunos versos. A lo que sí os invito es a que busquéis la poesía de Andrés París. Que leáis a Andrés París. Que crezcáis junto a él, del mismo modo que yo crezco un poco después de leer su poesía.

Además, por si fuera poco, el prólogo es de Marina Casado. Ahí es nada.

Lo que más me ha gustado: leer a Andrés conociéndolo tan bien; ver, en su poesía, a esa persona a la que tanto quiero; sentir orgullo por compartir con él todo lo bueno que le está llegando y saber que lo seguiré sintiendo a lo largo de muchos años.

Lo que menos me ha gustado: por decir algo, algunas palabras en determinados versos que, por poco frecuentes, a mí, personalmente, me han sacado un poco del poema. Pero ya digo que esto es una cosa mía, porque Andrés, amante del lenguaje como es, se esmera en navegar entre palabras.

¿Conocéis al autor? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“[…] es curioso,

la vida no puede ser un poema”.

Andrés París

Crítica: La ventana

Título: La ventana

Autor: Carmen Guaita

Editorial: Khaf

Hay personas a las que confiarías tu vida. Personas fiables en todos los aspectos posibles. Personas que, prácticamente, hacen todo bien. Personas que tienen el corazón enorme y lleno de luz, al igual que es gigante y luminosa su sonrisa. Talentosas. Inteligentes. Brillantes en la magnitud más grande posible de la palabra. Carmen Guaita es una de esas personas, y compartir con ella siempre suma. Como leer es, también, una forma de compartir entre quien escribe y quien lee, he sido muy feliz compartiendo con ella y con estos personajes tan maravillosos de esta, su última novela.

Me gustó tanto su “Todo se olvida” que no sabía si iba a hacerle algo de sombra a esta historia, diferente (al fin y al cabo, es una distopía), pero solo puedo decir que me la he bebido. Que me ha encantado. Que os la recomiendo desde ya.

No solo por todo lo que he dicho de Carmen ni por lo precioso que escribe, sino porque, aunque distópica, es algo prácticamente palpable, pues habla –entre otros muchos– de dos aspectos que son una realidad: el avance de la tecnología y el deterioro de la educación.

A través de unos personajes con los que es imposible no conectar, a través de la cultura clásica y los grandes filósofos griegos, a través del conocimiento sobre la educación que Carmen ha acumulado a lo largo de años de docencia y de ser experta en el tema, esta historia es un alegato espectacular a favor de los maestros y maestras, de la educación desde la cercanía, desde el cariño, desde la palabra. Porque la educación ha de ser así, yo no tengo la más mínima duda.

Y este libro me ha llegado en medio de un debate interno (y compartido con muchos compañeros y compañeras) sobre la importancia casi extrema que se está dando a las nuevas tecnologías y a todo lo digital en el ámbito educativo. Justo ahora, que estoy en medio de un curso precisamente sobre digitalización para los docentes que me hace pensar si eso, si digitalizarlo todo, es la solución a los múltiples problemas a los que se enfrenta la educación hoy en día y que, según parece, van a ir a más. Sinceramente, creo que el dineral invertido en todos estos cursos, estas formaciones, en comprar dispositivos que se quedan obsoletos en cuestión de unos pocos años, la obligatoriedad de incluir más y más horas de pantallas a unos niños que reclaman a gritos otras cosas podría ir a otros cauces mucho más importantes. A bajar las ratios, por ejemplo, una petición que todos los docentes hacemos desde hace años. Pero, por lo que parece, las máquinas siguen ganando terreno mientras nosotros, los maestros y maestras, nos perdemos entre burocracia, formaciones, papeleos y otros asuntos que poco ayudan a mejorar la educación de nuestros y nuestras peques.

Y ya he divagado suficiente y puedo volver a hablar de este libro tan necesario que nos regala Carmen. Necesario por todo eso que digo, pero, también, porque no es un libro que haya llegado al “gran público” porque Carmen está alejada de redes sociales, a pesar de ser una influencer con mucho más con una autoridad incuestionable en el campo educativo (buscad alguna de sus charlas para estar de acuerdo conmigo y para contagiaros de esa luz de la que hablo al principio). Porque no es un libro que se encuentre en demasiados sitios, y porque esa siempre ha sido mi intención desde que reseñé el primer libro: usar mi (minúsculo) altavoz en redes para dar voz a autores y autoras que considero necesario leer. Y este libro, sin duda, es uno de esos libros que suman, que ensanchan, que hacen pensar. ¿Qué más se le puede pedir a un libro?

Lo que más me ha gustado: podría hablaros de mil puntos –lo bien que está escrito, las referencias al mundo clásico, lo que hace reflexionar…–, pero me voy a quedar con encontrar en Carmen una voz que apuesta por la educación, que reclama lo que es necesario para mejorarla y que se aleja de modas, de tendencias y demás puntos absurdos cuando se llevan al extremo sin cerrar otras muchas grietas de las que adolece el sistema educativo. Ojalá su voz se escuchara mucho más…

Lo que menos me ha gustado: que he tenido que esperar a volver a usar el transporte público para leerlo, porque la vida me deja poco tiempo para leer en casa… Eso sí, lo he podido leer por fin y me ha encantado. 

“Quienes son capaces de abrir el pensamiento de otros, con la educación o con el arte, crean nuevos reflejos de la verdad”.

Carmen Guaita en La ventana

Crítica: Recuérdame por qué he muerto

Título: Recuérdame por qué he muerto

Autora: Chiki Fabregat

Editorial: DNX

Leer a Chiki es garantía de varias certezas.

Por un lado, se sabe que se va a leer la historia con su imagen constante en la cabeza, porque es de esas personas que se proyectan allí donde hay un trocito suyo.

Se sabe, también, que vamos a leer con un cierto (y bienvenidísimo) temor a ir recibiendo algunos pellizquitos, porque Chiki no escribe sin más. Chiki escribe para quedarse. Y se queda.

Por supuesto, se sabe que se va a leer un buen libro. Un libro pensado, trabajado, sentido, querido y muy bien escrito. 

Se sabe, por lo tanto, que hay que estar pendiente de las novedades que publica, porque son libros que siempre merecen ser leídos.

Por suerte para mí, conocerla y sentirme amigo suyo es un punto más a favor de leerla. Y la leo y leeré siempre que pueda. Porque la admiro, la respeto y, por qué no decirlo, la quiero. Se hace querer esta mujer, qué vamos a hacerle.

Y, después de sacarle un poco los colores, quiero hablar un poco de esta novela, que es para lo que hago estas reseñas.

No es sencillo (no lo es) escribir para un público infantil y/o juvenil. Es un público muy exigente, muchísimo, y con unos gustos muy establecidos. Hay que ser cautos con el lenguaje, con los temas, con las expresiones, con las situaciones que se narran… Y hay que ser muy, muy creíbles. Y Chiki maneja todos esos aspectos a la perfección. 

Después de enamorarme de su literatura con “El cofre de Nadie”, este “Recuérdame por qué he muerto”sube la apuesta que haría siempre por ella. 

Tratar este tema, el de la muerte, el del suicidio, además de otros muchos como el racismo, el amor, la lealtad, la valentía, la amistad o el perdón, requiere de un tacto muy preciso, de una casi obligación de ser muy precisos en cada palabra que se escribe, y sé de buena tinta que Chiki ha ejercido la escritura con dedicación de artesana, de hilandera.

Se nota en los diálogos, en las emociones que sienten los personajes y que nos arrastran con la fuerza de un tsunami, en esos pellizcos de los que hablo y que nos van dejando marcas en el cuerpo según leemos. Porque Chiki se queda al quedarse en nosotros sus historias, sus personajes, sus latidos.

Es un libro tan duro como necesario. No duro en el sentido de que se haga pesado ni complicado, sino porque se te mete muy dentro, te hace pensar, reflexionar, parar y dedicarle tiempo a valorar lo que se tiene y lo que no, a quien se tiene y a quien se ha perdido, a observar y a observarnos, a vivir con el ímpetu de una tormenta. Y eso es bueno, amigos y amigas, y es una de las razones por las que la literatura es tan necesaria. Uno de los motivos por los que este libro es necesario.

Lo que más me ha gustado: ver, como digo, que un tema tan complicado se trata con tanta delicadeza, con belleza, porque “Hay belleza en la muerte.  Y la hay en la pena, en el dolor”. Gracias, Chiki.

Lo que menos me ha gustado: por poner(me) un pero, que este verano ha sido tan caótico que no he podido leerlo del tirón, y tantos parones me han sacado un poco de la historia.

¿Habéis leído ya a Chiki? Si no es así, ¿cuándo vais a hacerlo?

Gracias y un abrazo para todos.

“Cada uno afronta el dolor como puede y nadie tiene derecho a decirte cómo debes hacerlo”.

Chiki Fabregat en “Recuérdame por qué he muerto”.

Crítica: Incendio mineral

Título: Incendio mineral

Autor: María Ángeles Pérez López

Editorial: Vaso roto

Premio Nacional de la Crítica 2021

Estoy leyendo muy poco este verano, entre unas cosas y otras, pero, como siempre, la poesía marca la excepción.

Mientras sigo leyendo una amplia antología de Ángel González, he podido disfrutar de este incendio que María Ángeles Pérez López provocó con cada verso. Y qué placer sentir esas llamas en las pupilas al leer estos poemas en prosa

Me hice con el libro en la Feria del Libro de Madrid, aprovechando que, después, pude escuchar a la propia María Ángeles en una charla con más poetas cuyo anfitrión fue mi querido Rafael Soler. Suerte, también, la de poder cruzar unas palabras con ella al final del acto, regalarle mis “Hogares impropios” y recibir de ella una preciosa dedicatoria que fue un regalo. Ay, la poesía y los/las poetas…

Este libro, ganador del Premio Nacional de la Crítica (ahí es nada), es una suerte de viaje en el pasado (no solo de la autora, también del nuestro) a través de elementos que se convierten en origen, en raíz, en núcleo de nuestra existencia. Todo arde en ese lento trascurrir vital por el que todos deambulamos –muchas veces sin mapas ni brújulas–, en esos momentos en los que buscamos las respuestas que no somos capaces de encontrar, las razones de por qué nuestras huellas quedan en unos lugares y no en otros. Pérez López nos desgrana algunos de esos secretos a través del propio fuego, de los árboles, de los animales, de la naturaleza en su globalidad absoluta. Nos empuja a tiempos pasados, primigenios, donde el envoltorio no era tan pomposo como para no ver ni siquiera lo que hay en nosotros. Este libro es un aprendizaje, un viaje hacia la desnudez humana, la asunción de que somos, al fin y al cabo, solo aquello que somos.

Es, como he dicho, un libro de poemas en prosa (detesto la expresión de “prosa poética”, lo siento), y a mí, que siempre he sido más de poemas en verso, me ha encantado. Aun siendo poemas largos de lo que suele gustarme, son tan precisos que los he disfrutado mucho más de lo que ya esperaba (que era bastante, por otra parte). Es brutal el uso tan exacto del lenguaje de María Ángeles, su búsqueda constante de la palabra justa, esa concatenación del léxico que la lleva a escribir unos poemas casi circulares. Una maravilla, qué queréis que os diga.

Hay algunos poemas, como “Todo lo recubre piel humana” que he tenido que leer varias veces porque son… para morirse. Os dejo algunas partes de este poema, para que sepáis de lo que hablo:

“Cuando giran los cuerpos en sus piedras molares entregan la proporción áurea de su propio agotamiento, las toxinas que enfermaron en los bronquios, la dermis desgastada a causa de ese tránsito: el que va de lo orgánico a lo mineral, el que envía a través de las venas una tumultuosa proliferación de eritrocitos para que en el espesor calcáreo se abran cauces de sangre liberada”.

“Pero también en los barrios de Madrid o Palencia es piel humana la primera que arde y se estremece. No importa que parezca lo contrario”.

Y, así, dejaría por aquí un montón de fragmentos más, pero creo que es mejor que sean vuestros propios ojos los que los descubran en el libro, que, sí, por supuesto, recomiendo que busquéis y leáis.

¿Conocéis a la autora? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Cuando llega la noche y tengo miedo, reconozco en mi nuca la correa con la que estoy atada al apellido”.

María Ángeles Pérez López, Incendio mineral