De vuelta con la educación y lo que importa

Aún es pronto y ya he escuchado un par de conversaciones que van en la misma línea: criticar al profesorado porque, en algunas comunidades (como la mía, Madrid), el viernes 19 y hoy, lunes 22, son días no lectivos.

La primera ha sido en el fisio, esta mañana. Mi fisioterapeuta me ha contado que ha tenido que morderse la lengua con los dos pacientes anteriores porque estaban soltando una retahíla de improperios contra los colegios y los profesores por estos dos días. Vagos, más vacaciones que nadie, sinvergüenzas… Todo bonito, claro.

La segunda ha sido al entrar a Twitter y ver que “semana blanca” es trending topic al estar en boca (o, más bien, en el teclado) de un señor que se las da de periodista y a quien no voy a calificar por la educación que tengo. Este personaje tuitea lo siguiente: “De verdad, que alguien me razone por qué los colegios no cierran por la pandemia pero sí por la semana blanca. A ver si nos va a dar una hernia”. Ante este tweet, como es habitual en esta red que cada vez se parece más a un vertedero donde escupir mentiras y odio (que se lo digan a Trump), pueden leerse otros tantos de personas a quienes se ve muy instruidas y educadas (modo irónico on). Eso sí, muchas de las cuentas que los publican tienen una bandera de España bien clara en la foto de perfil. Que se note que son “muy españoles y mucho españoles”. Escribo algunos recortes de esos tweets:

“Estos días son para joder a los padres y para que los profes trabajen menos”.

“Gremio de completos inútiles y vagos”.

“Los profesores son unos putos vagos”.

“Tienen una jeta como un piano de cola”.

“Menudo añito llevan los fenónemos”.

“Son una casta”.

“Entre el profesorado hay mucho gañán”.

“Son poco responsables con la situación actual”.

Y ahí lo voy a dejar. Por supuesto, hay tweets de gente intentando explicar algo que, con haber intentado informarse solo un poco (¿no es algo fundamental en el periodismo?), no haría falta explicar.

Lo primero, esta “semana blanca” (que ya no existe como tal) han sido dos días no lectivos en, como digo, algunas comunidades autónomas. Todos los cursos escolares de cualquier comunidad tienen, aproximadamente, el mismo número de días lectivos y no lectivos año tras año. Los calendarios escolares (en los que los profesores no intervenimos) se pactan entre los sindicatos, las consejerías de educación, los consejos escolares y demás organismos educativos. El profesor “de a pie”, como somos la inmensa mayoría, ni pincha ni corta en su elaboración. Explicado de otra forma, si en Madrid tiene que haber quince días no lectivos a lo largo del curso, van a ser siempre quince. De esa forma, con el calendario en la mano, se deciden cuándo van a ser y se elabora ese calendario escolar. Si este curso el 19 y el 22 de febrero han sido no lectivos, habrá otros dos días que el curso pasado tampoco lo fueron y que, en este, si lo serán. No es muy complicado de entender y, como digo, con haber investigado un poco, habría sido más que suficiente.

Lo segundo. Me cansa, me indigna y me cabrea mucho que siempre estemos en boca de una gran parte de la sociedad para criticarnos y que casi siempre se escuche lo mismo (eso que habéis leído en esos pocos tweets que he incluido). 

Los profesores nos estamos dejando la piel en esta pandemia, más aún de lo que lo hacemos normalmente. Estamos trabajando en condiciones de exposición constante, por mucho que las autoridades sigan insistiendo en el mismo mantra, tan repetido como falso, de que “los centros escolares son los lugares más seguros del mundo” (ya hablé de esto en esta otra entrada: https://jorgepozosoriano.com/2021/01/15/la-educacion-no-importa-una-mierda/ . 

Hay muchos casos de profesores contagiados (yo podría hablar de unos cuantos conocidos, con resultados muy tristes en algunos) porque, no nos engañemos, no existe un lugar en el mundo donde haya más contacto estrecho que en un colegio, por mucho que se hayan tomado (por parte de los propios centros) distintas medias anti-Covid, por mucho que nos embadurnemos en gel, limpiemos las distintas superficies constantemente, tengamos que trabajar desde una lejanía que nos imposibilita cumplir como nos gustaría todo el plano social y emocional o se hayan hecho grupos burbuja que se rompen (como es normal) en cuanto los niños salen por la puerta del cole. Yo mismo entro cada día en tres o cuatro clases distintas, lo que supone tener contacto estrecho con unos cien niños y niñas al día, con sus cien familias, con sus cien situaciones personales, con sus cien formas de contagiarse. 

Durante la pandemia, aunque parece que algunos no se acuerdan o no quieren acordarse, seguimos trabajando, más aún de lo habitual, por adaptarnos a las nuevas circunstancias, haciendo lo posible y lo imposible para que nuestros alumnos siguieran recibiendo la educación que les correspondía, sin olvidarnos del acompañamiento a ellos mismos y a las familias, pues tuvimos un papel fundamental en un momento muy duro para todos.

Los días en los que Filomena obligó a cerrar colegios, muchos (como el mío) dieron clases on-line en jornada completa todos los días, incluidos los dos primeros, que se quedaron en el limbo. Y, aun así, nos han ampliado el calendario de junio para “garantizar la presencialidad”.

Los que no quieran verlo seguirán sin hacerlo, y no tengo la necesidad de ponerme a su nivel, así que no lo voy a hacer. Pero todos estos insultos, estos comentarios tan agresivos, todo este odio volcado hacia quienes (por suerte pare ellos) educamos a sus hijos tiene un motivo claro: a ellos no les importa lo más mínimo su educación. No se quejan por el hecho de que tengamos días no lectivos (sin tener ni idea de cómo funcionan), sino por tener que quedarse con sus hijos y ocuparse de ellos. Por eso les repatea que tengamos vacaciones y días no lectivos, porque son días en los que ellos, sin saber qué hacer con ellos, tienen que estar con sus hijos.

Dicho esto, cierro con dos apuntes:

El primero, la culpa no es de los colegios. Ni mucho menos de los profesores. Si el problema es la falta de conciliación laboral, la culpa es de las empresas que lo imposibilitan. Por lo tanto, la solución pasa por hacer que esas empresas pongan facilidades (ya ha quedado demostrado que el teletrabajo puede aplicarse en muchísimos casos), no por habilitar los centros educativos veinticuatro horas al día para que los niños puedan “aparcarse” el máximo de tiempo posible.

El segundo, estudiar para ser maestro requiere (por desgracia) un aprobado raspado. Si tan sencillo es, si somos unos aprovechados y unos vagos y se nos consiente, si cobramos tanto (me da la risa) y si tenemos tantas vacaciones, id a la universidad y haceros maestros. 

Insisto en lo que digo siempre: antes de escupir odio, al menos, informaos. Sobre todo, si os presentáis como periodistas.

“Nunca discutas con un idiota. Te rebajará a su nivel y te ganará por su experiencia”.

Mark Twain

La educación no importa una mierda

Así de rotundo lo digo. Y así de mal dicho. Porque, me vais a perdonar, estoy harto.

No suelo meterme en política porque no es mi especialidad, pero como sí tengo algo de voz en el ámbito educativo, permitidme que exprese mi opinión viendo cómo funciona o, mejor dicho, cómo no funciona la educación en España. Al menos, por cercanía, en Madrid.

Hoy mismo escucho en los telediarios y leo en la prensa que en ningún momento está sobre la mesa cerrar los centros educativos. Esto, en una situación sanitaria absolutamente descontrolada y, vuelvo a poner el acento, porque es donde vivo y trabajo, en Madrid.

Hoy, que la mayoría de las comunidades autónomas están endureciendo las medidas (poco, en mi opinión, en la capital), nadie habla de cerrar los colegios. 

Vaya por delante que, como maestro, soy el primero que quiere que los centros educativos abran. En contra de lo que muchos puedan pensar (esos que siguen criticando a los profesores de forma casi sistemática por uno u otro motivo), las clases online son un horror para casi todo el cuerpo de profesores. No conozco a nadie que trabaje en educación contento con este teletrabajo impuesto, en ocasiones (como la de esta semana), de forma absurda e innecesaria. No olvidemos, tampoco, que los profesores y profesoras también tienen vida en sus casas. Que muchas familias que no se dediquen a la docencia tendrán que hacer malabares para teletrabajar y estar pendientes de sus hijos o personas a cargo, soy consciente y lo he visto; pero que los y las docentes también tenemos nuestras dificultades para trabajar desde casa, cada uno con sus peculiaridades. Pero, ay, la conciliación de los profesores importa un poco menos, parece ser.

Escribo esta entrada después de escuchar que “no se cierran los centros educativos porque la salud mental de los menores preocupa mucho”. Me entraría la risa si me hiciera gracia, pero no es el caso. Nos quieren vender la película de que les importa la educación, pero hay que estar bastante ciego para no ver que esa no es, ni de lejos, la realidad.

¿Por qué no son claros? ¿Por qué no dicen que la conciliación familiar sería IMPOSIBLE si los centros educativos no estuvieran abiertos? ¿Por qué no confirman la obviedad y asumen que, con los colegios cerrados, el sistema laboral se iría al garete? Si lo asumieran, además de no intentar reírse de la población, podrían justificar dar más recursos a los centros tanto para que esas clases online sirvieran para algo como para que profesores y alumnos no estuviéramos más expuestos al virus que nadie (a excepción de los sanitarios; gremio, también, vilipendiado hasta el hartazgo). Pero eso, claro, no va a pasar. En qué cabeza podría caber que se va a invertir en educación…

Muchos colegios/ docentes/ familias no tienen los recursos ni los conocimientos para asumir unas clases online. Si ha medio funcionado, no ha sido por la ayuda que se ha recibido desde las administraciones, sino por el buen hacer de muchos maestros y maestras (a veces, en lucha con equipos directivos que tienen cero empatía con sus equipos docentes). Porque nos hemos visto obligados a hacer el pino puente con las orejas para darle una vuelta a las clases presenciales y tratar de hacer algo útil de lo que nuestros alumnos pudieran sacar provecho. Sin olvidar, claro está, ser empáticos y comprensivos; hacer, también, de psicólogos con ellos y con sus familias. Una empatía que, por desgracia, no se ha dado siempre de forma recíproca (aunque yo no pueda quejarme, pues mis familias han sido y son maravillosas). Durante el confinamiento, os puedo asegurar, la mayoría de los profesores nos hemos desgastado casi por completo y hemos visto que la docencia a distancia, con niños y niñas de determinadas edades, tiene más bien poco sentido.

Si pensáramos única y exclusivamente en la salud, los colegios tendrían que ser los primeros lugares en cerrar. Seamos claros. No lo hacen tan solo porque se piensa en la economía. Y está bien (o no) que así sea. Y se comprende. Y se arrima el hombro. Pero que no nos vendan la moto y no digan que los centros educativos son seguros por cómo se han gestionado desde la administración; o que las clases online medio funcionan por lo que ellos han hecho. Que aplaudan a los centros educativos y a los docentes que han conseguido que así sea. Ya está bien de colgarse medallas inmerecidas.

La educación, como digo, importa una mierda. Lo puedo asegurar cuando veo que quienes están limpiando accesos y alrededores de nieve y hielo de los centros educativos son las propias familias y el personal no docente, con el “a ver si llegamos al lunes” en boca ya de muchos (lo de la gestión de las consecuencias del temporal en Madrid es otro tema). Veo que mi colegio pide por redes colaboración a las familias, con el mensaje de “qué orgullo” por bandera. A mí no me supone orgullo, sino vergüenza. Me avergüenza pensar que las administraciones no vean vital permitir la normalidad en los centros, que no pongan ni un solo medio para adecentarlos, que sean personas, digamos, “civiles” quienes se estén dejando los riñones en hacer todo lo posible para que los colegios puedan abrir, por eso, ya sabéis, de la preocupación de los políticos por la salud mental de los menores. Tiene bemoles.

Eso sí, las inspecciones para valorar los daños en los centros educativos se privatizan, no vaya a ser que no puedan sacar dinero, también, de las desgracias.

Podemos asegurarlo, también, cuando estamos a punto de vivir el enésimo cambio en la ley educativa. Por supuesto, sin consenso. No quiero entrar en las bondades o maldades de la Ley Celáa (eso sí, os pido, como siempre, que, antes de opinar, leáis la ley, no lo que digan sobre la ley unos u otros medios de comunicación), porque nos la tendremos que comer con patatas, igual que todas las demás y, sinceramente, no creo que sea ni mejor ni peor que las anteriores en lo profundo. Lo que me indigna es que se cambie cada vez que cambian los gobiernos, pero eso demuestra, como os digo, lo poco que les importa la educación a todos los gobiernos.

Dicho esto, seguiremos luchando por hacer que estos niños y niñas a quienes les ha tocado vivir esta situación tan horrible tengan el menor número de secuelas posibles. Seguiremos siendo responsables limitando nuestra vida social para evitar contagiar a nuestros alumnos, ya que lo de los grupos burbuja es una completa utopía imposible, por tanto, de cumplir. Seguiremos trabajando como siempre lo hemos hecho, con dedicación, con cariño, con profesionalidad, con mucha preocupación, con empatía, con toda la cercanía que podemos ofrecer, con el estrés de siempre multiplicado por diez, con cambios de criterios y de leyes constantes que nos entierran en papeleos, velando, como siempre lo hemos hecho, por esa salud mental de los menores que, a nosotros, sí nos preocupa.

Mientras tanto, que no os engañen, a la clase política y a una buena parte de la sociedad, la educación les seguirá importando una mierda.

Para terminar, acaba de llegarme la noticia de que Madrid retrasa la vuelta a los colegios hasta el próximo miércoles, 20 de enero, porque, dicen hay muchos centros con problemas de accesibilidad (¿sorprendidos? Familias, hay que ver el poco uso que le habéis dado a los picos y las palas…). No contentos con esta solución, fruto de su absoluta dejadez, se amplía el calendario escolar tres días en junio, para “reforzar la presencialidad”. Vamos, lo de siempre. Los profesores que, no hemos dejado de trabajar ni un solo día (en mi colegio, lunes y martes incluidos) y que seguiremos trabajando durante estos días de ampliación, tenemos que subsanar su incompetencia y alargar tres días más el calendario escolar. Porque, no lo dudemos, esos tres días más van a ser vitales para la formación de los alumnos y el curso no sería igual sin esta ampliación… En fin. Más de lo mismo.

(La imagen que añado es un artículo muy acertado, en mi opinión, que habla de esto mismo que critico).

“Educar la mente sin educar al corazón no es educar en absoluto”.

Aristóteles

Curso escolar 2020-2021

Como muchos veríais ayer (domingo, 16 de agosto), El País Semanal puso en portada “El desafío de los profesores ante la pandemia”. Un reportaje que ahonda en cómo fue el final del curso pasado desde el confinamiento hasta su final y en cómo algunos docentes vemos, con mucha preocupación, cómo puede ser este que está casi al caer.

Es un reportaje bastante amplio en el que se tocan muchos temas importantes, pero, como había que repartir el tiempo y el espacio entre todos los que participamos, se me quedaron algunos puntos que tratar. Por eso, esta entrada.

Para quienes no lo leyerais, si os interesa, os dejo el enlace:

https://elpais.com/elpais/2020/08/11/eps/1597146268_131560.html 

También por si no podéis acceder al reportaje escrito por tema de suscripciones, os dejo en enlace de YouTube al vídeo:

En primer lugar, que quede claro que no va a ser una entrada con colores políticos. De la política (y de los políticos) tengo mi opinión y me decanto hacia un lado, obviamente, pero mi intención con esta reflexión no es enfrentar a bandos de un color con los del otro. Además, como en este tema ni el gobierno central ni los autonómicos (de quienes depende la educación) han estado a la altura, no tendría mucho sentido debatir sobre quién lo está haciendo peor o quién tiene más responsabilidades.

También quiero dejar claro que ese desafío que da nombre al titular no nos atañe solo a los profesores. Tal y como les digo a mis familias en las reuniones al inicio de cada curso, la educación no tiene sentido si no se hace en equipo: centros escolares y familias; así que el desafío, tal y como se vio de marzo a junio, también es para ellas. Si voy más allá, y creo que es algo evidente, tampoco es solo un tema de profesores y familias. Nuestro trabajo se ha visto frente a un reto enorme no solo por el hecho de cómo afrontar esta situación (como ha ocurrido en, prácticamente, todos los sectores), sino porque trabajamos con niños que (disculpad la obviedad) “pertenecen” a unas familias y porque esas familias tienen unos trabajos y necesitan del tiempo en que sus hijos están en el colegio para desempeñarlos. Y ese, el de las complicaciones para la conciliación, ha sido (y será) uno de los grandes problemas que hemos enfrentado y enfrentaremos.

Antes de hablar un poco sobre cómo veo, con la información que tengo, el próximo curso, quiero hacer algo más de hincapié en lo que ya dije en el reportaje. Quienes conocen cómo trabajo (en primer lugar, mis alumnos y alumnas, sus familias y mis compañeros y compañeras) saben muy bien la forma en que entiendo la educación en edades tan tempranas (salvo nuevas noticias, suelo cubrir casi la totalidad de mi horario en primero y segundo de primaria). Por eso, saben que mi máxima preocupación cuando los colegios cerraron fue la estabilidad emocional de mis peques y de “mis” familias. En eso me volqué, movido, también, por mi colegio, que, con sus aciertos y sus errores, sí vio claro que lo emocional era lo más importante. Nunca me preocupó demasiado que se perdieran ciertos contenidos, que no pudiéramos terminar los libros (ese es otro tema con el que me alargaría bastante más) o que algunos conocimientos teóricos no llegaran de la mejor forma posible. Nada de eso es insalvable en estas edades. Lo emocional sí puede serlo. Yo siempre educo desde el cariño, desde el abrazo, desde la igualdad y el respeto, desde la ayuda en la gestión de las emociones… Desde el grupo. Eso es, para mí, lo más importante de la primaria (sobre todo, de los primeros cursos) y eso fue, precisamente, lo que más perdieron al no poder acudir al cole.

Por suerte, los y las peques nos han dado a todos y todas una lección enorme y me alegró mucho ver que estaban llevando la situación casi mejor que nosotros y nosotras. He de decir, también, que las familias del grupo que dejé en junio han estado de diez, volcadas en esa estabilidad emocional de sus hijos e hijas, haciendo malabares para que realizaran las tareas, superando la altura a la que siempre estuvieron. Esto no quita que las familias se hayan estresado, se hayan desesperado, se hayan frustrado, agobiado, enfadado… Su papel de padres, trabajadores (algunos y algunas) y “profes de apoyo” era muy complicado, por eso hablo de que el desafío es, también, para las familias.

Dicho todo esto (y no pensaba enrollarme tanto), hoy, a día 17 de agosto de 2020, comparto con vosotros y vosotras mis impresiones para la vuelta al cole que tan en boca de todos puso El Corte Inglés con esa brillante (apréciese el sarcasmo) campaña publicitaria (eso sí, si lo que buscaban era eso, estar en boca de todos, se habrán felicitado).

Lo primero que tengo que decir es que cada vez es más evidente que la educación, en España, importa lo justo. Se oye hablar (sin cesar) del ocio nocturno, del turismo, de si se puede o no se puede fumar en terrazas (ojalá lo prohíban, pero para siempre), de las residencias de mayores, de eventos deportivos, de aforos en bares, restaurantes y espectáculos varios… ¿Qué pasa con la vuelta al cole? Si no hubiera sido por esa campaña de El Corte Inglés, quizá no se habría hablado nada. E, insisto, estamos a 17 de agosto.

¿Nadie está preocupado? Y, lo que es peor, ¿nadie está ocupado en ello?

Desde el Ministerio de Educación lo único que se aporta es, básicamente, que cada comunidad autónoma se las apañe como pueda, para lo que da unas recomendaciones bastante vagas y para las que no era necesario ni redactar un documento, además de ser, en ocasiones, bastante complicadas (si no imposibles) de implementar. Lavado de manos, mascarilla, primar la educación al aire libre (¿?), ventilar los espacios, escalonar las entradas y los patios, evitar el contacto y, atención, garantizar una distancia en clase de metro y medio. No sé cuántos colegios han visto, pero que me expliquen cuántas aulas admiten a veinticinco (o más) niños y niñas separadas por un metro y medio. Porque, sí, se propuso bajar las ratios (algo fundamental, en mi opinión, no solo en tiempos de pandemia, aunque esta situación lo ponga aún más en evidencia), pero las comunidades pusieron el grito en el cielo con esa frase tan repetida por los políticos cuando se refieren a educación: “no hay dinero”.

Desde las consejerías de educación de las distintas comunidades autónomas, la pelota pasa a estar en los centros educativos. No sé si habéis visto que ha habido algunos equipos directivos que han dimitido en bloque al verse superados por una situación que no tendría que depender única y exclusivamente de ellos, tal y como ocurre. Organizar espacios. Retorcer horarios. Establecer todas las medidas que puedan (mamparas, geles, mascarillas, cartelería…). Reubicar a profesores. Y todo, por supuesto, por el mismo precio.

En Madrid, que es la comunidad en la que trabajo, os cuento las propuestas para la vuelta al cole, sacadas de la Consejería de Educación y Juventud (citaré literalmente).

“El inicio de curso se hará con normalidad si la situación sanitaria lo permite”.

¿Cómo os quedáis? “Con normalidad”. ¿Qué normalidad? “Si la situación sanitaria lo permite”. La misma situación que nos deja unas cifras de contagiados bestiales, con focos por todas partes, con hospitales que ya empiezan a colapsar (este, el de la sanidad en Madrid, es otro tema que también tiene lo suyo), con nuevas medidas casi a diario para limitar los contactos y los posibles contagios, con grupos de personas manifestándose en la Plaza de Colón, sin mascarilla, al grito de “¡libertad!” y de “bote, bote, bote, aquí no hay rebrote”… ¿De verdad creen que esta situación sanitaria va a permitir un inicio de curso con normalidad? Han tenido que cerrar campamentos de verano con grupos muy reducidos y uno o dos monitores… ¿De verdad piensan que no va a pasar lo mismo cuando colegios que, como el mío, tienen seiscientos alumnos y unos cuantos profes solo en primaria? ¿De verdad alguien piensa que estamos en esa situación?

Tras esta propuesta brillante, siguen tres posibles escenarios, con sus correspondientes medidas:

Escenario I: Presencialidad y medidas extraordinarias de higiene.

En este escenario (para el que ni siquiera dan las condiciones qué implicarían olvidarnos de esa “normalidad” salvo por un banal “según la evolución de la pandemia”), todo lo que se plantea para primaria es: grupos estables de convivencia (léase “encaje imposible de bolillos”) y “se incentivará el uso de plataformas educativas, materiales digitales y dispositivos electrónicos con el fin de consolidar la transformación digital”. Ya está. Sí, sí, eso es todo. Ni siquiera merece la pena hablar de la brecha digital…

Escenario II: Semipresencialidad.

Para que se dé este escenario sí son más claros (sarcasmo, de nuevo). “Se plantea en caso de un empeoramiento de la evolución de la crisis del Covid-19, respecto de la situación actual”. Qué concisión, qué clarificador, qué útil… Aquí también hay más medidas (me sigo centrando solo en primaria), y os van a encantar:

Reducción de los grupos según dos criterios: distancia de metro y medio y convivencia estable de veinte alumnos (léase “tetris imposible y encaje de bolillos aún más imposible”). Para rematar su brillante plan, añaden una “organización en espacios alternativos en el centro o espacios municipales” (sin información alguna al respecto de esos espacios municipales) y “flexibilizar horarios y materias”. ¿Alguien me explica qué pasa con los centros que no dispongan de espacios suficientes y cómo se van a reducir los grupos sin esos espacios y sin más docentes? ¿De verdad nadie ve que están planteando un imposible? Contar con espacios que no se tienen, con personal que no se va a tener y con una flexibilización de horarios y materias complicadísima y que implicaría, además, que las familias también tuvieran que flexibilizar sus horarios es, simplemente, un absurdo.

Escenario III: Confinamiento.

Como estarán tan contentos con lo bien que han actuado durante el primer confinamiento (o mucho cambia todo o será el primero de varios), tan solo hablan de “teletrabajo”, “centro tres días abiertos tras el confinamiento” y “conectividad y dispositivos de alumnos/alternativas”. Vamos, que la pelota sigue en el tejado de la voluntad y disposición de los centros educativos y sus equipos directivos y docentes, porque la consejería no aporta NADA. Para comentar lo planteado para primaria en este último escenario, sus planteamientos son “clases diarias en línea y deberes” y “flexibilidad en currículos y horarios”. Todo esto, por supuesto, en manos de los profes. ¿Cómo iban ellos a perder tiempo diseñando nuevos currículos adaptados a esta nueva situación o pensando en soluciones? Mucho mejor decir “que los centros hagan todo lo que puedan, bajo su responsabilidad”, ¿no os parece?

Eso es todo lo que las autoridades educativas aportan a nivel nacional y a nivel de Comunidad de Madrid. ¿Tenéis todos y todas la impresión de que eso y nada es lo mismo, o lo pienso yo solo? ¿Tenéis todos y todas la impresión de que septiembre va a ser un caos absoluto, o lo pienso yo solo? ¿Tenéis todos y todas la impresión de que van a ir cerrando un centro tras otro nada más empezar el curso, o lo pienso yo solo? ¿Tenéis todos y todas la impresión de que no van a hacer nada más, de que seguirán improvisando y trasladando toda la responsabilidad a los centros escolares, o lo pienso yo solo?

De verdad, la solución (teniendo en cuenta la complicación de la situación que vivimos y que la solución perfecta no existe) es muy sencilla: recursos. Recursos en forma de nuevos espacios para poder disminuir las ratios. Recursos en forma de contratación de docentes para ocuparse de esos nuevos grupos y poder garantizar, así, esa creación de “grupos estables de convivencia”. Recursos en forma de tecnología, porque ni todos los centros ni todos los docentes ni todas las familias tienen igualdad de condiciones y, si el sistema educativo no es capaz de igualar esas diferencias… ¿para qué sirve? Pero, imagino, sabéis la respuesta, ¿verdad? “No hay dinero”.

Ahora, os pregunto, ¿conocíais esta información? Porque hay que escarbar un poquito para encontrarla… No, amigos y amigas, la educación no tiene la importancia que tendría que tener. Nunca la ha tenido y, o mucho cambia todo, nunca la tendrá.

Mientras tanto, yo sigo preocupado por cómo será todo; por cuánto se verán perjudicados y perjudicadas los y las peques, sobre todo en lo emocional; en cómo de alto será el grito de esa parte de la sociedad que entiende la escolaridad como la única forma en la que “deshacerse” de sus hijos e hijas durante el tiempo necesario; en cómo de alto será el grito de las empresas que sigan obcecadas en que la presencialidad es imprescindible cuando no lo es; en cuántas serán las excusas y contradicciones de las autoridades educativas; y, entre otras muchas preocupaciones, en cuánto tardarán los centros educativos, como los hospitales, en colapsar. Han tenido desde marzo, con todo el verano incluido, para dejar todo bien atado. Ahora entrarán las prisas y no dará tiempo a organizar un nuevo curso que viene con curvas…

Por lo pronto, me quedan dos semanas para terminar de relajarme, para seguir liberándome del estrés acumulado, para retomar energías, porque las necesitaré. Porque, sí, los profes hemos trabajado, y mucho. Nos hemos dejado la piel y los nervios para que las carencias educativas y emocionales fueran las mínimas, además de volcarnos en ser un apoyo para unas familias (con razón) desbordadas. Y nos hemos estresado. Mucho. En mi caso, un lumbago, un cuadro leve de ansiedad, algo de insomnio y unas semanas con hipertensión lo evidencian.

Para terminar, solo puedo enviar ánimos para todos y todas. Por supuesto, a la comunidad educativa (compis, estamos solos), pero, también, al resto de sectores (la idea de esta entrada no es anteponer mi trabajo a todos los demás), que, de igual modo, han sufrido y sufren las consecuencias devastadoras de este horror. Y, también, a las familias con hijos o hijas en edad escolar. Como siempre les dije a mis familias, aunque no existe la receta perfecta, todo será más sencillo con empatía, con comprensión y con colaboración.

Nota:

Reportaje: Guillermo Abril

Vídeo: Jaime Casal

Fotografías: Sofía Moro

“La educación es lo que sobrevive cuando todo lo demás se ha olvidado”.

Burrhus Frederic Skinner