Resquemor en “bookstagram”

Ayer, el periódico “La vanguardia” incluía un artículo titulado “El postureo lector o aquellos que fingen que les gustan los libros” y, por lo que he podido ver en distintas redes sociales, no ha sentado demasiado bien a la comunidad “bookstagram” (para quienes no lo sepáis, cuentas de Instagram dedicadas a hablar de libros). 

Me he encontrado con ataques feroces a dicho artículo desde bastantes cuentas y, para contrastar una opinión con las otras, he buscado en prensa para leerlo.

Os lo dejo aquí, por si queréis hacer lo mismo:

https://www.lavanguardia.com/cribeo/cultura/20210117/6182109/postureo-lector-fingen-les-gustan-libros.html

De forma resumida, lo que afirman en el artículo es que hay cuentas en Instagram que se dedican a hablar de libros por postureo, por quedar bien, por sumarse a la moda o por pensar que leer los puede situar en un plano intelectual superior (hecho, este último, que se suele pensar sin que sea del todo cierto, por otra parte).

¿De qué se quejan algunos “bookstagrammers” y (por lo que he visto) algunos autores y autoras? Voy al lío…

Se quejan de que el artículo solo critica esa parte de las redes sociales y de los “bookstagrammers” en vez de hablar de que, en España, se lee. No es verdad. De hecho, el artículo empieza hablando de cómo una gran parte de la sociedad española ha leído más que nunca durante el confinamiento, aunque las librerías estuvieran cerradas.

Quienes se han ofendido dicen, también, que se podrían haber volcado los esfuerzos y el espacio en prensa para hablar de las bondades de la lectura en lugar de embarrar un determinado sector de “bookstagram”. Tampoco es verdad. El artículo habla del privilegio que supone leer, de que conseguir disfrutar de la lectura aporta múltiples beneficios y de que “leer un libro es un escape fabuloso para relajarse y desconectar” (cito, literalmente). Llega, incluso, y como colofón, a hablar de la lectura como una terapia emocional a la altura de la meditación. 

Quizás estos dos aspectos no sean suficientes, pero no se puede decir que el artículo solo intente desprestigiar a quienes (según la redacción) dudosamente tienen una mínima autoridad para hablar de libros y que no diga nada sobre los beneficios de leer o de los hábitos lectores porque, sencillamente, no es cierto.

¿Qué queda, entonces, de esas quejas que he podido leer? ¿De dónde sale tanto enfado? 

Si no me equivoco, lo que más ha cabreado a estas personas es el hecho de que el artículo pone el acento en un par de puntos que todos conocemos, pero que no muchos sabemos o queremos admitir.

El primero, que el postureo reina en la sociedad de hoy en día. Es más, me atrevería a decir que lo hace en prácticamente todos los campos y, por supuesto, de manera especial en Instagram. Quien no lo afirme, miente. Ojo, que no lo digo como algo negativo. Es bastante sencillo de entender, creo. No es necesario ni siquiera pensar en Instagram. Pensemos en las cámaras de fotos analógicas (si las recordáis) o en las digitales. ¿Alguien ha pensado alguna vez en hacer una foto sin preocuparse de que quedara bonita? Desde que la fotografía existe, corrijo, desde que cualquier forma de representación de la realidad existe, cualquiera que quisiera retratarla con un pincel, un bloque de mármol o una cámara de fotos, ha intentado hacerlo lo mejor posible. Voy a poner algunos ejemplos. “Naturaleza muerta con biblia”, de Van Gogh; “Lectura abandonada”, de Valloton; “El librero”, de Arcimboldo (de ¡1566!); o “Libro transformándose en mujer desnuda”, de Dalí. En todas estas obras aparecen libros como objetos decorativos. ¿Es malo? No. ¿Es criticable? En absoluto. ¿Es “postureo”? Si entendemos “postureo” como querer hacer una representación de la realidad lo más bonita posible, usando libros o cualquier otro objeto que se nos antoje, sí. Pero, insisto, no creo que haya nada malo en eso. Por retomar el inicio de este punto, postureo ha habido y lo habrá siempre. Lo que critica el artículo no es eso, sino la absurdez a la que los seres humanos hemos llegado de primar la apariencia por encima de todo y, en el caso de los libros (y como vengo denunciando desde hace ya mucho tiempo), el hecho irrefutable de que la cantidad (de seguidores) es mucho más importante que la calidad (de dichos libros).

El segundo, que se ha metido en el mismo saco a toda la comunidad “bookstagram” y se ha dicho que todos los que tengan cuentas dedicadas a los libros solo lo hacen por postureo, que nadie se lee los libros y que ni siquiera les gustan. Pero (siento decirlo), una vez más, no es verdad. El artículo afirma que una “inmensa mayoría” de personas a las que se pregunte nos dirá que le encanta leer y que esa afirmación puede, o bien ser verdad, o bien tratarse de “un curioso fenómeno: el postureo literario”. Y, ¡no nos engañemos! ¡Claro que hay gente así! Y, si la hay en la vida real y la descubrimos en conversaciones reales, ¿cómo no la va a haber en Instagram? Por supuesto que la hay, pero, del mismo modo que hay cuentas de moda en las que los y las influencers compran los últimos modelos, se hacen las fotos y los devuelven, o del mismo modo que cuentas que hablan de diversos temas son un auténtico fraude. Existen. Claro que existen. E, insisto, quien diga que eso no es así, está mintiendo.

¿Nadie conoce casos de cuentas que reseñan libros que ni se han leído porque las editoriales se los mandan gratis? ¿Nadie conoce a famosos que nada tienen que ver con la literatura que recomiendan libros solo por intereses económicos o diversos arreglos? ¿Nadie reseña tan solo o muchos más libros de aquellos autores que tienen más tirón para obtener mayor visibilidad, aunque no les gusten esos libros o autores o ni haya leído una sola página? ¿Soy el único que podría dar una lista inmensa de nombres?

Del mismo modo, ¿nadie conoce autores pésimos que copan las listas de ventas solo por lo fuertes que son sus cuentas o las de sus parejas en Instagram? ¿Eso no nos molesta? ¿No lo denunciamos? ¿No lo criticamos?

Antes de que me echéis a los leones, quiero dejar claro que no pienso que toda la gente sea así ni que haya personas que sean así todo el rato. Si lo pensara, no estaría en Instagram, os lo puedo asegurar. Gracias a Instagram y, en particular, a las cuentas dedicadas a la literatura, he conocido a personas maravillosas con cuentas maravillosas que se esfuerzan mucho por fomentar la lectura, dar a conocer a autores nuevos, libros que les gustan, recomendaciones… ¡Son la inmensa mayoría! He podido contactar y llegar a tener cierta confianza a lectores interesados en lo que escribo y, es más, entablar cierta amistad con autores a los que admiro, como Raquel Lanseros, Pedro Mañas o Beatriz Osés. Y eso es algo que solo “bookstagram” puede conseguir. Al igual que yo pienso así, veo de forma muy clara esa misma idea en el artículo tan ciegamente criticado, solo que, al igual que los periodistas que lo han escrito, veo la realidad, veo el sinsentido y, como creo que tendríamos que hacer más a menudo, lo critico cuando tengo ocasión.

Si os soy sincero, no entiendo tanto resquemor, enfado ni tanta pompa ante una opinión como la vertida en este periódico. Yo tengo una pequeña cuenta dedicada, en parte, a los libros en la que invierto un determinado tiempo y para la que me ocurro las publicaciones lo que quiero y puedo y no me ha dolido dicho artículo ni un poquito. Ni siquiera me he dado por aludido, vaya. Y, puedo ir más allá, me he alegrado al ver que en prensa nacional se habla de todas estas estupideces a las que estamos llegando desde que las redes sociales, los seguidores y los likes son quienes marcan la calidad de cualquier producto.

No nos hagamos los ofendidos si estamos contentos con nuestras cuentas y si sabemos que no somos parte de ese “postureo literario”. Creo que hacerlo no ayuda. Lo que ayudaría a que no se ponga en duda que usar la red social reina del postureo (con permiso de Tik-Tok) para hacer algo tan positivo como la animación a la lectura es algo maravilloso es, como hace el artículo, reconocer a esas personas y no prestarles la más mínima atención.

Solo así, quiero creer, daremos más fuerza y más sentido a una comunidad creada por lectores y escritores para lectores y escritores tan genial como “bookstagram”.

“La estupidez no tiene fronteras, pero al estúpido hay que ponerle límites”.

Albert Einstein

¿Y si Instagram no tuviera tantos “likes”?

Acabo de leer que Instagram se está planteando ocultar el número de “likes” que reciben nuestras fotos y que, de hecho, lo están ensayando en Canadá y, lo digo desde el principio, me parece todo un acierto. Es más, yo ocultaría, también, el número de seguidores.

Sabéis que he escrito varias entradas criticando, precisamente, la locura que las redes sociales han causado en mercados como el editorial. Es justo esa obsesión por conseguir “likes” la que ha llevado a cientos de niños a enviar fotos sin ropa (el tema del uso de redes sociales por menores es otro asunto que me enerva bastante, por otra parte) y a que la policía haya tenido que intervenir, pues era una mina de oro para pederastas. Esto es llevarlo un poco al extremo, sí, pero no olvidéis que es algo real, que está ocurriendo, que es tan evidente como palpable y triste.

Los psicólogos llevan tiempo advirtiendo de los peligros que la búsqueda de relevancia en redes conlleva, y esta situación se ha visto multiplicada por mil con la aparición de Instagram. Ojo, a mí es una red social que me encanta, pero creo que se nos ha ido de las manos por completo.

Sé que hay muchos detractores de esta posible decisión que opinan que Instagram está justo para eso; que no serviría para frenar esa carrera hacia ser “influencers“; pero hay otros muchos que dicen que sería algo muy positivo, ya que podríamos centrarnos en el contenido real, y no en el que los “likes” nos dicen que tiene que gustarnos, además de no tener que obsesionarnos con subir contenido a todas horas por el simple hecho de que, si no lo hacemos, no llegaremos a ser importantes en las redes. Por otra parte, hay quienes critican esta iniciativa argumentando que sería un problema para el marketing de influencias... Qué queréis que os diga. Para mí, justo esa crítica es la que más me asegura que es la opción más acertada. Hacer creer a tantos niños y jóvenes que solo con ser famosos en redes les va a llevar a vivir como quieran es un grave error y una irresponsabilidad. Dejar en manos de gente inexperta cuyo único mérito es tener un perfil lleno de seguidores y “likes” el éxito de determinadas marcas y/ o productos es, desde mi punto de vista, muy tóxico. Sobre todo, como ya he dicho varias veces, cuando esos productos son los libros. Dejemos de dar prioridad a todo lo que escribe gente que no sabe escribir más que un breve texto que acompaña a sus fotos o su nube de etiquetas. Dejemos de leer los libros que los “likes” nos dicen que tenemos que leer, aunque no sirvan ni para calzar una mesa coja. Dejemos de regalar éxito en lo literario a quienes se pliegan a la tiranía de las redes sociales. Volvamos a leer a escritores, aunque no salgan en la tele ni tengan cien mil seguidores. Volvamos a buscar nuestras próximas lecturas en los canales que siempre funcionaron (librerías, bibliotecas, medios especializados, en nuestros amigos lectores…). Volvamos, amigos, a poner a los libros en el lugar que siempre les ha correspondido. Volvamos, en definitiva, a recuperar la cordura que nunca debimos dejar olvidada.

“En la sociedad, el hombre sensato es el primero que cede siempre. Por eso, los más sabios son dirigidos por los más necios y extravagantes”.

Jean de la Bruyère

Porque yo sigo creyendo en la literatura

Ayer mismo me topé con esta imagen que me tocó un tanto la fibra y, lo siento, necesito escribir una entrada para comentar esta situación.

Sé que puedo generarme algunas enemistades y que algunas personas se pueden sentir ofendidas. También, que algunos podréis achacar esta entrada a envidia, pero ya os digo que no. Por una parte, no siento envidia ninguna porque yo estoy contento con mi vida. Tengo un trabajo que me encanta, que me satisface y que me hace crecer cada día como persona y, además, tengo tres libros publicados que, poco a poco, van llegando al público, a colegios, a más lectores. Además, si algún día llego a ser alguien como escritor, prefiero hacerlo por mis méritos como escritor y no por mis seguidores en Instagram. Por otra, no voy a citar a nadie en concreto, así que espero que nadie se lo tome como un ataque personal.

Dicho esto, voy al lío.

Me llama mucho la atención que este artículo se incluya en la sección de literatura y que el titular sea ese que veis: “Los influencers conquistan la literatura”. No sé a vosotros, pero a mí me viene una pregunta a la cabeza: ¿qué consideramos literatura? Hace no mucho había una figura más o menos respetada, que pertenecía a un entorno intelectual y que estaba estrechamente relacionada con la cultura. Un escritor era alguien importante. Alguien que estaba ahí, donde tenía que estar, por su talento, por su dominio del lenguaje… En definitiva: porque era un buen escritor. ¿Qué hemos hecho para que, hoy, consideremos literatura cualquier texto, escrito por cualquiera? ¿Tener seguidores en una red social o canal de vídeos nos hace buenos escritores? ¿Salir en un programa de televisión nos convierte en los mejores poetas del momento? ¿Tener algún contacto influencer que promocione nuestro libro nos hace escribir bien?

Amigos, creo que nos estamos equivocando, y mucho. Investigo mucho las redes en busca de libros. Recorro librerías de cabo a rabo con esa misma intención. Los libros mejor distribuidos, los mejor promocionados, los más mimados, los que están en todas partes, a bombo y platillo son esos de ¿literatura? influencer.

Por poner algunos ejemplos, he leído el primer libro de alguien sobre el que he llegado a leer que es “el maestro del suspense” y que, en su nuevo libro, “despliega su virtuosismo narrativo” y os aseguro que, a nivel de narrativa, es un espanto. Plagado (plagado) de errores de puntuación (el uso de la coma es terrorífico); de errores de ortografía (como muestra, el uso equivocado de las perífrasis verbales “deber + de +infinitivo” y “deber + infinitivo”); o el abuso de los adverbios terminados en -mente (no muy bien vistos en literatura) hasta el punto de incluir en una sola página tres “ligeramente” (¡tres! ¡En una página!), un “completamente” y un “rápidamente”. Quizá me equivoque, pero a mí un libro tan mal escrito no me parece propio de un “maestro del suspense” ni me permite ver ningún tipo de “virtuosismo narrativo”. Un libro de ¿poesía? que se vende como churros por la fama de su no-autora, ya que ni siquiera lo ha escrito ella y, además, ha plagiado una de las ilustraciones. Un poeta que no conocía nadie hasta su aparición en la televisión y que, ahora, parece ser el mismísimo Federico García Lorca renacido.

Mi pregunta es bastante clara: ¿dónde estamos llegando en el mundo editorial? ¿Nos vale ya todo? ¿Vamos todos a lo fácil, a lo que vende sin apenas esfuerzo ni trabajo, a convertir algo tan preciado e importante como un libro en un producto de mercado sin más? Siendo muy sincero, me da pena. Mucha pena. Me da pena porque estamos diciéndole a nuestros niños (y de esto sé un poco porque trabajo con ellos día a día) que no importa escribir bien, que no pasa nada si no se saben las reglas ortográficas, que no hace falta que lean para aprender, que la poesía son dos líneas de ¿reflexiones vitales? con una ilustración bonita (plagiada, si hace falta) al lado. Que los grandes autores ya no interesan, porque ahora, son los influencers los que conquistan la literatura. Ese, amigos, es el mensaje que estamos trasmitiendo. Estamos permitiendo que algo que debería estar cuidado con todo el mimo del mundo, la literatura (pero la de verdad), se vea pervertida y enfangada por el simple hecho de llenar las librerías de best-sellers malos y sin ninguna inversión de trabajo porque ahora, y esto es una realidad, ya no importa que un libro sea bueno, ni siquiera que el autor o autora escriba bien, sino que tenga tantos miles de seguidores, que asegure una promoción (muchas veces, endogámica por completo) fuerte sin esfuerzo de las editoriales y que, por lo tanto, venda, venda y venda con una inversión mínima.

Yo no soy fuerte en redes, aunque estoy contento con ir creciendo, aunque sea a paso lento. No me considero nadie para aconsejar cómo escribir o dejar de escribir porque solo tengo tres libros publicados, he sido finalista solo en dos concursos pequeñitos de escritura y he participado en una sola colección de cuentos y relatos (que verá la luz en breve); así que, sintiéndolo mucho, me da un poco de vergüenza intentar sentar cátedra sobre algo en lo que estoy empezando (aunque, sí, las redes están llenas de ¿expertos? en escritura, en literatura y, también, en cómo tenemos que hacer los profesores nuestro trabajo en temas tan peliagudos como el acoso).

¿Dónde vamos a llegar? La verdad, no lo sé, pero a mí se me cae el alma a los pies cuando voy a las librerías y veo las estanterías llenas de esta ¿literatura? influencer y tengo que buscar y rebuscar para encontrar a los verdaderos virtuosos de la narrativa, la poesía, el teatro o el ensayo.

Seguiré buscando mi lugar en este mundo tan complicado siendo sincero conmigo mismo, escribiendo (con mayor o menor éxito) convencido de lo que hago y la satisfacción de los comentarios positivos de mis lectores y, sobre todo, seguiré haciendo lo que siempre he hecho: leer LITERATURA.

“Los libros solo tienen valor cuando conducen a la vida y le son útiles”.

Herman Hesse