Crítica: 18 ciervas

Título: 18 ciervas

Autora: Rosana Acquaroni

Editorial: Bartleby

Quien siga pensando que la poesía no sirve para nada, que lea cualquiera de los dos últimos poemarios de Rosana Acquaroni (el anterior, La casa grande, es una barbaridad).

Quien piense que la poesía no es lugar de encuentro, que no es refugio, que no es abrazo, arañazo… que lea este 18 ciervas. Y que lo lea, también, quien diga que la poesía es algo que se escribe así, a la ligera, en un ratito, volcando solo “lo que uno tiene dentro”, sin leer, sin estudiar, sin buscar, sin escuchar, sin trabajar, sin esforzarse… que lea este libro y vea, también, todas las notas que nos deja la propia autora sobre su investigación para escribirlo (y, no obstante, será solo una pequeñísima parte de todo el tiempo y la dedicación invertidos). Eso, por lo hablar de lo que uno (de lo que Rosana) se deja en lo que respecta a lo emocional, a la piel, al daño implícito que uno recibe cuando escribe, al fin y al cabo, lo que nos ha dolido, lo que nos duele.

Porque en estos poemas hay dolor, hay añoranza, hay herida, hay sangre y, sobre todo, hay culpa. Y la culpa, ya sabemos, hay que tratar de sacarla lo antes posible, porque se enquista, porque se necrosa, porque nos va destruyendo poco a poco. Rosana ha esperado, pero quiero pensar que, con estos poemas, ha conseguido liberarse, al menos, de una gran parte de ella. ¿Sirve o no sirve la poesía?

Si ha logrado perdonar(se), solo lo sabrá la propia poeta, pero está claro que este ha sido un ejercicio de liberación absoluta; una penitencia autoimpuesta donde “la Acquaroni” se entrega al juicio de sus lectores y a su juicio; una condena incriminatoria sobre la que pide, también, ese perdón, esa comprensión, esa absolución.

Mi abrazo lo tiene. Y, sobre todo, tiene mi agradecimiento. Porque no es fácil dejar en papel y para siempre aquello que tanto nos oprime, aquello que, quizá, nos avergüenza, nos atemoriza y nos es difícil de asumir. 

En este libro, maravilloso (como toda la poesía de Rosana Acquaroni, que es una de las poetas contemporáneas más importantes, en mi opinión), nos acercaremos a esos sentimientos y al de la redención, y lo haremos gracias, también, a la simbología del ciervo, de la cierva, de esa fortaleza, ese espíritu de renovación, esa capacidad de supervivencia que Rosana acoge para vencer al dolor, para ayudarnos a vencer al dolor y a nuestros miedos.

Como muestra, dos pequeños fragmentos que ilustran muy bien la idea de este poemario:

“Extintas servidumbres:

la que se enrosca en la garganta

y nos obliga

a silenciar aquello que sentimos”

“¿Qué hacer con el perdón?

palabra que autoriza a perpetuar el ciclo”.

No dejéis de leer a esos y esas poetas de oficio, historia viva de la poesía española, a esos y esas poetasque se toman lo de escribir en serio y lo hacen con la maestría que la poesía (más que ningún otro género literario) reclama, con el respeto que la poesía exige. No dejéis de leer a Rosana Acquaroni.

Lo que más me ha gustado: la verdad que hay en cada verso. La valentía. La humildad necesaria para escribir de experiencias tan duras y compartirlas con los lectores.

Lo que menos me ha gustado: por decir algo, y sin que tenga nada que ver con la poesía, diré que la imagen de la cubierta no me encanta, pero solo es una cosita mínima.

Hacia dónde seguir

más allá de la herida.

Rosana Acquaroni

Crítica: La casa grande

Título: La casa grande

Autor: Rosana Acquaroni

Editorial: Bartleby Editores

Llegué a Rosana Acquaroni por esa maravillosa antología a cargo de Manuel Francisco Reina llamada “Mujeres de carne y verso”, una rosa de los vientos para ubicarse en lo mejor de la poesía escrita por mujeres en castellano que debería estar en todas las bibliotecas del mundo. Allí pude leer algunos poemas de “la Acquaroni” que ya me cautivaron, pero no ha sido hasta ahora cuando me he tomado en serio leerla con mayor detenimiento, con más pausa.

Yendo a una librería –como acostumbro a hacer– solo para ver la sección de poesía, la mirada de la Rosana niña de la cubierta (qué foto más preciosa) se clavó en mí, pidiéndome que la llevara conmigo. Y así hice. Y qué acierto. ¿Sabéis esos poemarios que te quiebran un poco los talones? ¿Esos como “Los trescientos escalones”, “Toco la tierra”, “La paternidad de Darth Vader”, “Travesía”, “El libro de Lilit”, «Welcome to mí» o “De las horas sin sol”? Ese es otro de esos libros. Otro que se va a mi lista de poemarios favoritos, de los que recomendaré siempre, de los que regalaré, a los que volveré una y otra vez.

Porque los buenos poemarios cuentan historias, nos incluyen en ella y nos hacen atravesar las vivencias de quienes los escriben. Y menuda historia hay en este libro. Y qué preciosidad de poemas para contarla. Qué regalo nos ofrece Rosana Acquaroni revelándonos este secreto familiar. Qué grande hay en la poesía, amigos y amigas, cuando la poesía es grande.

Por suerte, además, he tenido el inmenso honor de conocerla, de escuchar a Luis Rosales en su voz, de conversar un ratito con ella y de traerme el libro a casa con una dedicatoria que le suma aún más al libro. Ella fue, también, quien me dijo que escuchara el primer episodio del podcast “De eso no se habla”, titulado “Preguntan por ti”, en el que habla de esta historia de “La casa grande”, de la historia de su madre (historión) y del porqué de este libro.

¿Tengo que decir, de nuevo, la felicidad que le debo a la poesía?

Como acostumbro a hacer con los poemarios que leo, os dejo algunos versos como muestra, por si os animáis a haceros con el libro y leerlo completo (creedme, en esta ocasión, no hay riesgo de equivocación).

“De la casa grande

solo recuerdo aquel armario blanco

encallado en aquel largo pasillo

como en un río encajonado y pedregoso

Un útero vacío que no sangrase nunca

y alumbrara por dentro”.

“Y es así como encuentro la tibieza

de una madre que sangra en otra herida, 

que prende en otro cuerpo de mujer”.

“Cuando abres los ojos 

todo se desvanece.

Has cumplido de pronto veinte años

y te han dejado sola,

en el instante mismo en que la vida

nos suelta de la mano

                                        para siempre”.

“Este es mi oro, madre,

un cuerpo de mujer hecho palabra,

cartomancia de pájaros e insectos

–su abanico de alas deslumbrantes–

señalando caminos.

Una vez me dijiste:

No hay edad suficiente para acallar la infancia.

Y mi espejo se empaña cada vez que te nombro”.

Venga, que alguien se atreva a decirme que no te estremece… 😉

Lo que más me ha gustado: todo. Sin peros. Sin quitar un solo espacio entre palabras. 

Lo que menos me ha gustado: que haga falta, a veces, vivir algo duro para que existan historias que contar.

¿Conocéis a la autora? Si no es así, ¿buscaréis leer algo suyo?

¡Un abrazo!

“Nada me pertenece.

Ni siquiera el olvido”.

Rosana Acquaroni, La casa grande