Crítica: Los nombres propios

Título: Los nombres propios

Autor: Marta Jiménez Serrano

Editorial: Sexto Piso

Ya sabéis que soy sincero al cien por cien cuando leo y reseño un libro, y esta vez no será distinto.

Este libro me llegó gracias a Casa del Libro. Ya os conté que me han hecho embajador y que estamos empezando a hacer cositas muy chulas juntos. Una de ellas, la primera, fue hacerme un regalo con cuatro libros, dos libretas y una bolsa de tela (regalazo). Como saben que me interesa mucho la poesía, tres de los cuatro libros eran poemarios y, el cuarto, era esta novela. ¿Por qué? Me pregunté. Pero la respuesta, creo, es sencilla. Marta Jiménez Serrano ha sido accésit del último Premio Adonáis de Poesía (reseñé el poemario ganador, “Toda la violencia”, de Abraham Guerrero Tenorio, maravilloso), y esta novela es (en mi opinión) muy, muy poética.

En mi primer acercamiento a la sinceridad, confieso que, de primeras, no me interesó demasiado.

En el segundo acercamiento, confieso que, llevando treinta o cuarenta páginas, pensé en no seguir leyendo.

En el tercer acercamiento, confieso que fue Laura Riñón, escritora y dueña de la librería Amapolas en octubre, quien me dijo “Jorge, léela. Es una historia muy bonita”.

En el cuarto y último acercamiento, confieso que seguí leyendo, que la he terminado y que, sí, es una historia muy bonita y me ha gustado mucho

Una vez más, salirme de esos libros elegidos por mí mismo me ha traído un regalo.

Cuando entrevisté a Laura Riñón en “Enredando voces”, mi podcast literario, nos contó que había una moda de escribir novelas sobre la vuelta a la infancia, sobre volver a los pueblos donde veraneábamos, sobre reencontrarnos con, como diría Pilar Paz Pasamar, nuestros niños interiores.

Este es el enlace de la entrevista, por si os apetece escucharla (merece mucho la pena, creedme): https://www.radiofftherecord.com/2021/04/22/7581/

La propia Laura, en su cuenta de Instagram, dijo que “esta es una novela que ya hemos leído”, en clara referencia a esas historias que se están escribiendo sobre esa temática. Pero no lo hizo como una crítica negativa. De hecho, su opinión sobre el libro, tal y como me confesó en su librería, es muy, muy buena. Sobre el libro y, sobre todo, sobre el estilo de Marta. Que es joven, sí (nacida en el 90). Que es su primera novela, sí (quién lo diría). Que no ha traído una historia distinta a todas las demás (¿puede ocurrir eso?), pero que sí nos trae una muy buena novela, muy bien escrita, muy original en el planteamiento y, lo que a mí más me ha gustado, real, tierna y anclada a los recuerdos de infancia y juventud de, al menos, todos los que compartimos edades similares (yo nací en el 85).

Creedme si os digo que he vuelto a mi niñez una y mil veces mientras leía. Que he recordado las Noches de Reyes, flipando al leer sobre esos Kinder Schoko Bons que solo asocio a ese momento de mi vida. Los juegos infantiles. Los enfados por nadas que eran todo. Lo compartido con los primos, que son nuestros primeros amigos. Las conversaciones con adultos, algunos que nos entendían y otros que, no tanto. El (necesario) aburrimiento. Las películas y canciones de Disney. Las rajas de melón en el verano. La familia. Tantos hilos que me han unido a la historia de Marta…

Creedme si os digo que he vuelto a mi adolescencia una y mil veces mientras leía. Que he revivido las angustias del instituto. La vergüenza. La timidez. Los primeros amores. Los primeros besos. Las mentirijillas. La fuerza que adquirían los abrazos de los amigos y amigas. Las fiestas en casas. Los primeros tragos. Los primeros miedos. Las primeras veces. Los primeros siempres, aunque fueran perecederos.

Y, así, en ese paso de sabernos pequeños a creernos grandes, nos hacemos adultos. Y, también, creedme si os digo que he vuelto a mi primera etapa de adultez (¿la adultez tiene etapas?) una y mil veces mientras leía. La universidad. Cómo las relaciones cobran otro sentido. Cómo queremos huir del nido, aunque no nos atrevamos. Cómo pensamos que podemos con todo mientras nos tiemblan las canillas. Las decisiones. Cómo empezamos a comprender de verdad lo que es el sufrimiento en las desilusiones, las traiciones y, sobre todo, en las pérdidas. Incluso, casualidad, he revivido mi Erasmus en la misma ciudad donde la hace la protagonista: Florencia.

Marta, la protagonista, me ha gustado. Mucho. Pero, del mismo modo, me ha gustado muchísimo Belaundia Fu, su amiga imaginaria y narradora en una segunda persona que es una primerísima persona. Y, sobre todo, me he enamorado de la abuela y me he emocionado con un homenaje tan bonito sobre el papel de las abuelas. Yo perdí a las dos hace ya mucho (demasiado), y las he recordado gracias a esos actos, a esas conversaciones, a esa complicidad. Y, también, perdí a mi madre hace ya casi seis años (mucho más que demasiado) y, aunque no fuera abuela en la definición, lo era en la acción, en su forma de ser, de cuidar, de comprender y de querer. Y sí, Marta Jiménez afirma que es un regalo haber compartido veintidós años con la abuela, y me parece un buen punto de vista. Tanto que, aunque me parezca horrible haber podido disfrutar de mi madre solo veintinueve años, leer esa frase consuela, aunque sea un poco.

Dicho esto (como si fuera poco), voy con lo que más y lo que menos me ha gustado del libro.

Lo que más me ha gustado: está claro, ¿no? Revivirme. Haber podido recuperar tantos momentos que, al fin y al cabo, me han hecho ser quien soy y estar donde me encuentro. Saberme en todas esas vivencias, reconocerme, abrazarme, comprenderme mejor. Gracias por eso, Marta.

Lo que menos me ha gustado: creo que la razón podría ser, precisamente, que es un libro con un lenguaje muy poético y plagado de recursos propios de la poesía, pero ha habido algunas estructuras que se me han hecho un poco repetitivas. Es lo único que puedo decir como algo que me haya gustado un poco menos. 

Mi sensación final es que estoy muy agradecido a Marta por escribirlo, a Casa del Libro por regalármelo y a Laura Riñón por decirme que no lo dejara. Porque me ha reconfortado mucho esta historia. Porque ese reflejo de mí mismo en el agua de una piscina lo he revivido tantas veces en mi vida real (muchas, muchas horas en piscinas) que me ha encantado asomarme, de nuevo, a él, a mí, a nosotros. Y porque, aunque me duela (mucho) siempre me gusta recordar a mi madre, porque ella fue Belaundia, Anuncia, Martín, Gabriel y todas las personas que lograron que mi vida, al menos la que llega hasta hoy, haya estado repleta de momentos que merece la pena vivir una y mil veces. 

“Vejez, divino tesoro. La juventud la tiene cualquiera”.

Marta Jiménez Serrano, Los nombres propios